Se han cumplido 30 años de la muerte de Luis Buñuel. Declaramos nuestra pasión por el director aragonés en este comentario en Radio Nacional, en el programa De Película.
http://www.ivoox.com/cine-clasico-de-pelicula-rne-victor-arribas-audios-mp3_rf_2249719_1.html
miércoles, 31 de julio de 2013
sábado, 27 de julio de 2013
MR ROBINSON CRUSOE (Mr. Robinson Crusoe, 1932, Full Movie, Spanish, Cin...
Una desconocida versión de la apasionante novela de Defoe.
martes, 23 de julio de 2013
Woody Allen y Django Reinhardt
ACORDES
Y DESACUERDOS
Cuando
Woody Allen se plantó ante su proyecto anual con Sweet and Lowdown, descartó la posibilidad de volver a ser un
género en sí mismo, de resguardarse en lo que Hitchcock definió como “run for
cover”: después de un fracaso, vuelve a lo seguro, afiánzate con una historia
que te sea propia y logra de nuevo un éxito de taquilla y de crítica. Celebrity (1998) había supuesto un
varapalo para su estilo de hacer cine, incluso en Europa donde no fue
comprendida. Lo más sencillo era afrontar una historia neoyorkina
contemporánea, mostrar sus tradicionales personajes con problemas psicológicos
artificiales, tumbarles en un diván y
marcharse a casa con el botín. Pero el pequeño cineasta judío optó de nuevo por
el riesgo, se la jugó como había hecho quince años antes en Zelig (Zelig, 1983) o más recientemente en Sombras y niebla (Shadows and
Fog, 1991). La elección fue arriesgada: una película biográfica, vagamente inspirada
en la vida y obra de un peculiar músico de jazz folclórico, Django Reinhardt, con
la que se decanta al menos por una vez por la idea fordiana de imprimir la
leyenda, de darle prioridad a lo imaginario. Y fue además un pretexto para evocar
la nostalgia de aquellos maravillosos años 30, de recuperar la vieja música de
épocas pasadas como hizo en Días de radio
(Radio Days, 1987) insertando Beguine the Beguine o Night and Day, y en Todos dicen “I love you” (Everyone
Says I Love You, 1996) introduciendo canciones como Just You, just me o la que da título al film. Para Acordes
y Desacuerdos el músico habitual en aquellos años de Allen, Dick Hyman,
compuso el tema más sugerente con ínfulas de revisitar una época mitificada, Unfaithful Woman.
Con
forma de falso documental, con el realista aspecto de una biografía imaginaria
llevada a imágenes, la narración se apoya en un elemento que el director
neoyorkino ya había introducido en otras películas: el testimonio, a modo de
reportaje, de personas que aportan datos esenciales sobre la vida del músico
Emmet Ray, un Sean Penn midiéndose a sí mismo en un tour de force con su propio
estilo interpretativo. Juega con las apariencias y las realidades para llegar
al análisis de una época, de una sociedad que se apoyaba en el jazz como estilo
de vida. Y en ese estilo vital se mueve
Ray, que hace honor a la dicotomía que plantea el acertado título original,
dulce y vil, amor y odio, como su relación con Blanche (Uma Thurman), como sus
alusiones a Django que se convertirá en la referencia del director y en la
obsesión del personaje (“soy el mejor, después de ese gitano de París”). En contraste con otros hombres y mujeres que
pueblan las películas de Woody Allen, inseguros, indecisos, hipocondríacos y
atormentados por su propia existencia, el guitarrista Emmet Ray es un carácter
fuerte, seguro de sí mismo pese a sus fracasos, que tiene bien claro lo que
quiere lograr en su carrera hasta el punto de que le roba el reloj al pianista
Hoagy Carmichael para llegar antes que él a una grabación. Sólo se deja
impresionar cuando tiene cerca a su modelo y referente Reinhardt, que le
provoca tanto pavor como admiración, tanta envidia como pasión.
La
biografía del Reinhardt real podría ser intercambiable con la de su alter ego
imaginario. El músico belga de raza gitana, emigrado a París para formar su Quintette du Hot Club de France,
adquirió una fama que traspasó las fronteras y llegó al país-cuna del género del
jazz, a Estados Unidos. La fascinación que siente Emmet Ray por él es la misma
que experimenta el director, gran amante de este estilo musical e intérprete
con su clarinete de largas noches de partituras extraviadas. Allen dice haber
elegido a Penn porque hay pocos actores que puedan hacer interesante un personaje
tan desagradable como éste, algo que en lo más profundo de su profundo cerebro
seguro que comparte sobre sí mismo. Un sujeto que dispara a las ratas entre los
cubos de basura no puede ser de fiar. Frente a ese áspero y desagradable aunque
a la vez atrayente personaje se sitúa una magnífica actriz cómica, Samantha
Morton, la abnegada chica muda, a la que
el cineasta pidió que tomara como referencia nada menos que al Harpo de los
Hermanos Marx. Tragedia y comedia.
Copyright © Víctor Arribas
lunes, 1 de julio de 2013
Atraco perfecto, narración sublime
Victor Arribas comenta...
En dos minutos, mi opinión sobre la obra maestra de Stanley Kubrick.
https://www.youtube.com/watch?v=51yMnLt-R2Q&feature=c4-overview&list=UUA4FsV7wW6_tSCKog-RL2Gg
En dos minutos, mi opinión sobre la obra maestra de Stanley Kubrick.
https://www.youtube.com/watch?v=51yMnLt-R2Q&feature=c4-overview&list=UUA4FsV7wW6_tSCKog-RL2Gg
miércoles, 12 de junio de 2013
El trágico mediodía de Carl Foreman
Recuerdo de una víctima de la Caza de Brujas en Hollywood
El destino se cruzó en el camino
de Carl Foreman demasiado pronto. Lástima. Un destino en forma de jauría de
perros rabiosos, ávidos de sangre de guionista izquierdista, embravecidos por
una guerra reciente y la supuesta necesidad de cultivar hasta la locura el
rancio mandato de los Padres Fundadores.
No fue el único, porque la nómina se eleva por encima de los dos
centenares de artistas agraviados y vituperados por el cisma sonrojante del
Comité-McCarthy, pero sí uno de los más significativos. Al menos, lo fue en lo
que el rastro de sangre de la jauría salvaje dejó tras la producción de la
película Solo ante el peligro (High Noon): persecución, exilio,
vergüenza, delación...
Foreman tenía en 1952 treinta y
ocho años, edad de oro para cualquier creador cinematográfico, la edad en la
que otros escritores compusieron algunas de sus obras más preciadas: con
treinta y ocho escribió Philip Dunne el guión de El mundo de George Apley
(The Late George Apley) y el de El fantasma y la Sra. Muir (The ghost
and Mrs. Muir), la misma edad con que Ben Hecht tecleó las líneas maestras de Scarface,
el terror del hampa (Scarface), la misma que tenía Dudley Nichols
cuando adaptó La patrulla perdida (The lost patrol) y comenzó a preparar
el guión de El delator (The informer) para John Ford, o la misma
edad, por citar a un comediante, que disfrutaba Garson Kanin cuando escribió la
base argumental para Nacida ayer (Born Yesterday). Todos ellos estaban
entonces en la plenitud de sus respectivas carreras, como el Foreman de 1952,
un escritor ya consagrado, que hasta
entonces le había proporcionado al productor Stanley Kramer alguno de los
sonoros éxitos de que había gozado en los últimos años 40 y los primeros
50. Kramer, a imagen y semejanza de los
actuales ejecutivos agresivos (no solo de Hollywood, sino de otros ambientes
malsanos como Wall Street o Sillicon Valley),
se aprovechó de su escritor y logró triunfos notables como El
Idolo de Barro (Champion), Home of the brave, Cirano de Bergerac
(Cyrano de Bergerac) o la reflexión
sobre los problemas de la repatriación de los heridos de guerra Hombres
(The Men). Durante la composición de todas ellas, historias ligadas a una
ideología izquierdista y opuesta al racismo, Foreman ya era militante del
Partido Comunista, hecho que seguramente le ocultó a su jefe de producción para
no verse envuelto en comentarios desagradables. Solo dos años después, se
sentaba en la silla eléctrica en que se convirtió el Comité de Actividades Antiamericanas
del Congreso, y de nada le sirvió el paraguas protector de Kramer,
sencillamente porque ese paraguas no se abrió en su defensa.
CARL FOREMAN, BLACKLISTED WRITER WHOSE CREDITS INCLUDE THE BRIDGE ON THE RIVER KWAI (1957) APPEARS BEFORE HUAC (HOUSE COMMITTEE ON UN-AMERICAN ACTIVITIES), 1951.
Traición, abandono de los amigos,
miedo atroz, cobardía, desencanto personal, psicosis colectiva... Elementos
todos ellos que confluyen en la persecución repugnante que vivió Hollywood en
los años 50, y que fueron incorporados por Carl Foreman en el guión de Solo
ante el peligro, hasta el punto de convertir esta película en una parábola
del Mccarthysmo. No hay detalle en la película que no tenga una relación,
directa o indirecta, con lo ocurrido en aquellos años de caverna ideológica, y
hasta el propio guionista reconoció sentirse identificado con el personaje del
marshall Will Kane a la hora de escribir sus diálogos, de dibujar sus
situaciones y atribuirle sus reacciones
y gestos. Pero Kane tuvo peor suerte que Foreman, porque todos le abandonaron
salvo un borracho, un joven inexperto y su propia esposa, redimida al final
para la causa por obra de un arrepentimiento espontáneo y no premeditado. Si
Kane se vió obligado a enfrentar solo el peligro, su creador contó con la
inestimable y nunca bien agradecida ayuda de dos hombres que, en aquellos días,
podían permitirse levantar la voz en un Hollywood miedoso y cínico hasta la
extenuación: Fred Zinnemann y, sobre todo, Gary Cooper. El director se negó a
apartar a Foreman del rodaje, pese a la petición expresa en ese sentido de su
productor y padre espiritual del proyecto, quien no supo pagar de otra manera a
su escritor más que intentando retirarle de la circulación. Consiguió, eso sí,
que las generaciones futuras desconocieran la realidad de la película, al
borrar de los créditos el nombre de Carl Foreman en el cartón de la producción
ejecutiva. Así de sencillo era en aquel tiempo manipular el trabajo de los
menos poderosos. El actor, que por esas
fechas ya había ganado un Oscar y se disponía a afrontar un último “rush” final
en su prolífica carrera, aplaudió sin reservas un discurso improvisado por
Foreman en el plató ante los componentes de todo el equipo, ignoró las
dificultades que pudieran darle su úlcera de duodeno, su artritis y su hernia
galopante, y pleiteó con Kramer hasta la amenaza de dejar el rodaje si el
guionista era expulsado por su negativa a reconocer ante el Comité su
pertenencia al Partido Comunista. Eso ocurrió el 24 de septiembre de 1951, y
por entonces High Noon era ya mucho más que el embrión en que se había
apoyado Foreman meses atrás, cuando tomó como base de sus tres primeras páginas
escritas el relato The Tin Star, de John Cunningham. El guión definitivo
se había confeccionado con la amenaza de una citación inminente ante McCarthy y
compañía, y eso marcó indudablemente el carácter político de la trama, la
soledad del personaje de Cooper, el miedo insidioso que se apodera de la ciudad
y las reacciones de los acusadores, trasladados al guión con la corporeidad de
Frank Miller y su grupo de matones.
Foreman
pudo terminar su trabajo, y revisar la producción mientras era sometido a una
persecución y una cacería asfixiantes en los primeros meses de 1952. El destino
que toca con mágica varita a las películas míticas quiso que tipos como Kramer,
Zinnemann, el montador Elmo Williams y el compositor Dimitri Tiomkin
introdujeran cambios sustanciales en la factura final de la película,
especialmente (como refleja Javier Coma en su libro “Solo ante el peligro/ El
hombre tranquilo”, de la colección Libros Dirigido) en la inserción de planos
del reloj para hacer más patente la amenaza de la llegada del tren, y en la
canción cuyas estrofas se introducen acertadamente en momentos clave del
relato. Esa post-producción le fue completamente ajena al guionista-productor,
y termina de redondear una historia que en el fondo es de venganza, la fría y
seca venganza de un marshall que arroja al polvoriento suelo de Hadleyville la
estrella que ninguno de sus convecinos supo
o quiso arropar con valentía. Foreman convirtió a los habitantes de la
pequeña ciudad en cobardes escondidos en iglesias, cantinas y habitaciones de invitados de sus propias
casas. Son ejemplos de ello el juez que retira delicadamente la bandera
americana de su sala de vistas, antes de salir corriendo ante la amenaza de ver
regresar al hombre al que condenó; los
parroquianos que cantan “The battle hymn of the Republic” interrumpiendo
súbitamente sus coros al entrar el desahuciado sheriff en tan noble templo (ni
siquiera contrajo matrimonio en él, le increpa el pastor); y, más sintomático
aún, el personaje llamado Samuel Fuller que se esconde tras una puerta cuando Kane le visita para
pedirle ayuda, intrigante cita que nos permite adivinar un abandono flagrante
en las obligaciones de la amistad por parte del admirable director de Yuma (Run
of the arrow). Parece fuera de toda duda la intención crítica del escritor, que declararía a James
Powers en American Film: “Al ser citado por la Comisión, me encontré en el
papel de Gary Cooper. Mis amigos me evitaban, no estaban para mí”.
Es destacable en ese abanico de
posturas escapistas con que se encuentra y a las que enfrenta Kane, la frase
que pronuncia uno de los personajes en la parroquia, y que podría venir a
defender la tesis Hawks-Wayne en torno a la actitud de un sheriff cobarde y
amilanado. El parroquiano advierte: “Hemos contribuido con dinero al sostenimiento
de un marshall y otros agentes, y ahora, en la primera ocasión que pasa algo,
somos nosotros quienes debemos resolverlo. ¿Para qué hemos estado pagando? No
somos policías, no es nuestro oficio”. Es, en estado embrionario, la tesis
hawksiana, que sirvió de excusa para construir la réplica a Solo ante el
peligro, la película Río Bravo. Con la diferencia evidente de que
Hawks no justificó sus críticas al sheriff acobardado por una mera cuestión de
impuestos y servicios, sino por la necesidad de que el profesional que cuelga
de su solapa una estrella de latón lleve hasta el final su compromiso de
valentía, destrucción del crimen y defensa de la ley y el orden.
La amenaza del Comité, con fecha
de caducidad, es comparable a la amenaza de la llegada del tren del mediodía,
con Miller a bordo. El tiempo se va consumiendo para Kane, y se consumía
también para Foreman, que a corto plazo emigró a Inglaterra y disfrutó de un
exilio más productivo y menos deprimente que los auténticos calvarios padecidos
por otros compañeros de profesión señalados por las listas negras. Al menos, en
Londres Foreman se hizo rico con las alianzas y proyectos comunes que le
unieron a Richard Attenbourough o J. Lee Thompson, e incluso puso su semilla
izquierdista en el guión de El puente sobre el Río Kwai (The bridge on
the River Kwai), al comprar en persona los derechos de la novela de Pierre
Boulle basada en un hecho real ocurrido en Birmania durante la Segunda Guerra
Mundial. El guión tal y como hoy lo conocemos fue cocinado también por las
manos de Michael Wilson, Calder Willingham y el propio autor de la novela, pero
las hordas ultraortodoxas hollywoodenses, personificadas en los magnates de la
Columbia y en la crítica de derechas abanderada por Hedda Hopper, exigieron que
desaparecieran del proyecto los nombres de “aquellos despreciables comunistas”,
y solo quedó en los créditos el de Boulle, quien se embolsó en exclusiva el
Oscar ganado a los otros guiones nominados: Reginald Rose por Doce hombres
sin piedad (Twelve angry men), Paul Osborn por Sayonara, John Lee
Mahin y John Huston por Solo Dios lo sabe (Heaven knows, Mr.
Allison) y John Michael Hayes por Vidas Borrascosas (Peyton
Place). Un Oscar escamoteado al exiliado Carl Foreman.
Copyright © Victor Arribas
lunes, 3 de junio de 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
Las raíces de la violencia en América
EL
FUERA DE LA LEY
Pocas
veces en la filmografía de Clint Eastwood se puede encontrar una sucesión de
momentos de extrema violencia y muerte como en The Outlaw Josey Wales. La narración no da pie al respiro, lleva al
espectador practicamente sin posibilidad de relax de un enfrentamiento armado a
otro, de una situación límite a la siguiente, al ritmo del itinerario físico y
moral que sigue “el mismísimo diablo”, como define al protagonista ese viejo cherokee
civilizado que es Chief Dan George (no debe olvidarse: el segundo nombre que
aparece en los créditos de la película). El viaje hasta las tierras indias de
este antiguo granjero que ha perdido a su familia asesinada por los Botas Rojas
pasa de la frondosidad de los bosques de Missouri hasta las desérticas
extensiones en Texas pasando por Kansas, de los azules gélidos forzados por la
cámara de Surtees a la calidez del sol en un paraje que podría haber localizado Ford en su
Monument Valley: rojos, amarillos arcillosos y áridos ocres. Pero en todo ese
recorrido la venganza y la persecución alientan un relato plagado de duelos
pasados a revolver y carabina.
El fuera de la ley es el segundo de los
cinco westerns firmados por Eastwood como director, si consideramos Bronco Billy (Bronco Billy, 1980) como un elemento cercano al género, y el
undécimo de los catorce que protagonizó, incluyendo en la lista aproximaciones
temáticas como La jungla humana (Coogan’s Bluff, 1968), el musical La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969) y El seductor (The Beguiled, 1971). Cuando acometió la adaptación del libro Gone to Texas del poeta indio Forrest
Carter tenía ya una experiencia de casi una década como pistolero, había
cabalgado junto a Sergio Leone, John Sturges y Don Siegel, se había movido en
argumentos de Budd Boetticher y en guiones de Elmore Leonard. Incluso había ya dirigido su primer western, Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973) con el que Josey Wales guarda pocas similitudes. El personaje es en cierto
modo un anticipo del Bill Munny de Sin
Perdón (Unforgiven, 1992), aunque
comienza como un destripaterrones tan
iluso y despreocupado que sospecha la
presencia de una tormenta al escuchar el estruendo de los jinetes destrozando
su hogar y asesinando a su familia. “Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo
quita”, proclama resignado antes de desplomarse sobre la cruz de la sepultura
de su mujer y su hijo. La venganza comienza en los rescoldos del hogar
calcinado: entre las cenizas, Josey encuentra el revolver con el que comenzará
a practicar sobre una estaca de madera. Nada sabe del manejo de armas, pero su
perseverancia al disparar dejará el tablón destrozado en astillas y demostrará
que está dispuesto a hacer pagar a los asesinos aunque sea lo último que haga. En
el camino, Josey conocerá lo peor del ser humano. El mismísimo demonio
terminará disparando por la espalda y rematando a sus adversarios, elementos
incorporados al guión que seguramente separaron a Eastwood y a Phillip Kaufman
a la hora de iniciar el rodaje y que obligaron al director californiano a
dirigir la película además de ponerse delante de las cámaras. Y elpíticamente,
el capitán yankee Terrill que ha asesinado a la familia de Wales y le ha
perseguido como a una rata durante más
de dos horas de película, caerá ensartado por la espada con una
gestualidad muy parecida a la que
Eastwood confería a la caída del cuerpo de su protagonista sobre la cruz de la
sepultura de sus seres queridos.
El
fuera de la Ley es un compendio de temas westernianos
que habla del trauma de la guerra, de cómo las tribus indias fueron engañadas
en Washington, de los tiempos de supervivencia en que la carne de búfalo
ahumada era un tesoro para quienes cabalgaban entre las montañas de Missouri,
del trato no menos inhumano que recibieron los perdedores de la guerra entre
Estados. Eran tiempos en que había que
saber cantar Dixie y el Himno de la República para sobrevivir,
tiempos de vendedores de elixires maravillosos , de cazarrecompensas, de
saqueadores de peregrinos orgullosos de ser de Kansas, de comancheros
desalmados. Eastwood utiliza el recurso a la narración episódica, levemente
hilvanada por un hilo conductor que es la venganza tan afín a directores como
Fritz Lang, pero tan oculta como en los westerns de Anthony Mann, con los que sí
guarda enormes paralelismos físicos y psicológicos. Una venganza que se
encuentra larvada hasta el desenlace y que no le será explicitada siquiera a la
víctima del ritual de rencor y violencia. Wales escupe tabaco mascado sobre el
cráneo de sus victimas y de todos los seres a los que desprecia como alacranes,
perros y vendedores ambulantes, pero en su recorrido no duda en incorporar al
hijo adoptivo al que deberá enseñar los secretos del revólver y de las
emboscadas. Como en El aventurero de la
medianoche (Honky Tonk Man,
1982), El principiante (The Rookie, 1990), Un mundo perfecto (A Perfect
World, 1993), Mystic River (Mystic River, 2003), Million dollar baby (Million Dollar Baby, 2004), El intercambio (The Changelling, 2008) y Gran
Torino (Gran Torino, 2008), el
realizador sitúa como una de sus obsesiones personales la pérdida de un hijo y
la consiguiente, casi simulténa, necesidad de adoptar y ser adoptado, y ese
papel se le atribuye en la película al joven sudista que acompaña a Wales en
sus primeros escarceos como rebelde y prófugo tras el armisticio. De forma claramente confesable, Eastwood
muestra y no oculta sus preferencias por los derrotados y denuncia la
irracionalidad de los ganadores sin escamotear violaciones o abusos. En unos
tiempos en que el género ya se encontraba en franca retirada, el cineasta que
mejor ha contribuido a evitar su eutanasia continuaba un camino de
dignificación que resaltaría aún más en El
jinete pálido (Pale Rider, 1985),
el único super-western de los años 80, y en Sin
Perdón, que curiosamente le proporcionó la amnistía general de todos los
detractores miopes que le habían retirado cualquier licencia artística en los
tiempos de Leone y Harry.
Copyright © Víctor Arribas
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