domingo, 11 de mayo de 2014
lunes, 28 de abril de 2014
Ocho apellidos vascos, de Emilio Martínez Lázaro
Reflexiones
sobre el fenómeno del Cine español.
Ha sido
un acierto sentarse a ver la película más taquillera de la historia del Cine
español dejando pasar unas semanas desde su estreno , y mucho más todavía escribir
algo sobre ella habiendo comprobado cómo esta comedia tan poco transgresora y
tan previsible se alza a las más altas cotas de audiencia que recordamos desde Avatar.
En seguida les explicaré por qué creo que no transgrede nada
cinematograficamente hablando, y por qué es previsible hasta desembocar en un
tercio final ciertamente desacertado. Pero lo primero es asimilar lo ocurrido
con Ocho apellidos vascos en esta
España de 2014, sacudida por la penuria económica, descreída de sus dirigentes
y autoridades, y escéptica sobre el futuro hasta un límite que no se recordaba
desde hacía décadas.
Nadie
daba por ella un euro, salvo lógicamente sus autores y productores (que no son necesariamente
lo mismo). Así de claro. Aquel viernes de marzo, el gran estreno era Dallas Buyers Club que venía con la
etiqueta del Oscar al mejor actor protagonista, y en aquellas fechas (¡un mes y
medio tan sólo ha pasado!) los cuadernillos especiales de Cine dedicaban sus espacios
estelares a Hotel Budapest de Wes Anderson y Non-Stop de Jaume Collet-Serra (¿se sabe algo de ellas hoy?). Las críticas fueron tirando a malas, salvo alguna
excepción que demostró al final conocer mejor que los demás los gustos del
público. Internet no jugó un especial papel en ninguna campaña multimillonaria
para lanzarla a la cartelera. La prensa la relegó a espacios enunciados como “Otros
Estrenos”. Las radios y las televisiones… ¡ay, radios y televisiones y su
información sobre Cine! Todos esos medios de comunicación se rebelaron como
inservibles para el exitazo que le esperaba inesperadamente a este film
modesto, porque hay todavía un medio de comunicación más poderoso que esos: las
conversaciones de la gente en la calle, en el supermercado, en el trabajo, al
recoger los niños en el cole, al compartir cena de amigos el sábado por la
noche. Ese ha sido el bastión de Ocho
apellidos vascos, que encadenó un primer fin de semana magnífico en las
taquillas con una semana posterior en la que todas esas conversaciones se
sucedieron en España y tejieron una tupida red de voluntades y de información
que fue mucho más lejos de lo que una pieza del más afamado crítico
cinematográfico podrá llegar nunca. El boca-oído. La gente se fía más del gusto
de las personas de su entorno que de los sesudos análisis escritos o
telegrafiados. Y entonces… se consagró
el golpe magistral a las teorías destructivas del Cine español, las que
defienden quienes sin ver más de dos películas al año atacan la producción entera
con el argumento de que “son gente de izquierdas”, y las de los propios
profesionales del Cine español que achacan a un gobierno y a la red Internet ser
el origen de sus males. Tanto perjudican al Cine los unos como los otros, como
queda demostrado con este milagro inesperado. ¿Era el IVA el culpable de que la
gente no fuera al Cine? ¿Lo era el precio de la entrada? ¿Lo era la calidad de
las películas? Como es ud. un lector o lectora inteligente, ya sabe contestar a
esas preguntas.
Y ahora
vamos con lo previsible y lo mínimamente transgresor de la propuesta. Estamos
ante una comedia, género en el que su director es especialista y ha tenido no
pocos éxitos, desde Amo tu cama rica
(1991) o El otro lado de la cama (2002) (curiosamente para ser un
especialista en comedias, su mejor título es un thriller, La voz de su amo). Es una historia sobre una pareja abocada al amor
por mucho que su desarrollo indique lo contrario (¿les hago la lista de las
comedias que se han hecho con ese mismo argumento?). Gira en torno a una boda,
tipo Historias de Filadelfia pero en
un pueblo costero del País Vasco. Se ampara en la confusión de identidades y en
los equívocos (La Cava, McCarey, Lubitsch, Quine, Tashlin…). Y tiene un tercio
final en el que se deja llevar hacia el previsible desenlace dejando su
gamberrismo saludable de lado y convirtiéndose en una comedia romántica tipo Medianoche de Leisen, es decir,
perdiendo su efectividad. A pesar de que sea poco sorprendente y de que estemos
ante una comedia argumentalmente vista millones de veces, la película de
Martínez Lázaro es valiente y atrevida, y muy muy necesaria. Los españoles
tenemos que reírnos un poco de nosotros mismos y cuando alguien pone al lado a
una jovencita vasca de estirpe nacionalista y a un andaluz de costumbres
españolistas, exagera los tópicos regionales (tribales) para ponerlos en
cuestión y agita el vaso mezclador, el resultado es una hora y media de
entretenimiento y risa asegurada.
Ocho apellidos vascos no trasciende géneros
ni reglas. Trasciende los tabús de una sociedad enferma que necesita estos ejercicios
de terapia colectiva. Con unos diálogos encajados milimétricamente al estilo y
formas de vida de vascos y andaluces, con unos actores que se creen sus
personajes (especial talento el de Karra Elejalde, pero muy aceptables también
Dani Rovira y Clara Lago) y una función que supone una corriente de aire fresco en el encastillado Cine español.
Copyright © Víctor Arribas
viernes, 25 de abril de 2014
James M. Cain
Las
historias escritas por este genio de la literatura norteamericana del siglo XX
tienen siempre un sello inconfundible y unos tipos humanos coincidentes,
cercanos a una concepción noir por
sus actos y por sus circunstancias, son gentes normales abocadas al crimen por
situaciones de fatalidad y marginación. Personaje difícil y taciturno, James Mallahan Cain (Annapolis, Maryland,
1892- University Park, Maryland, 1977) dió lo mejor de sí mismo en los años en que vivió y trabajó en California
cerca del mundo que tanto odiaba, el de las películas y los grandes estudios,
donde ganó mucho dinero con los derechos de sus novelas. Muchas de ellas, con
fuerte componente sexual, eran
consideradas inadaptables en una industria que había aceptado unas rígidas
normas morales: “Sólo Dios sabe qué
retorcimientos de mi mente me llevan a tomar estas direcciones, pero, incluso
cuando intento escribir un serial, antes de que esté terminado, adquiere un
rumbo muy censurable, y si no lo hace, es flojo a mi entender”. Pero
sus argumentos, temas y ambientes no cayeron en saco roto sino que influyeron
notablemente en el nacimiento del género negro y en innumerables películas de
la época.
Además de ser autor de la base literaria de Perdición, El cartero siempre
llama dos veces y Alma en suplicio,
escribió la novela que está en el origen de Ligeramente
escarlata (Slightly Scarlett,
1956) de Allan Dwan. Como guionista, y con pocas participaciones acreditadas, adaptó
a W.R. Burnett en Dr. Sócrates (1935)
de William Dieterle, coescribió con John Howard Lawson Argel (Algiers, 1938) de
John Cromwell, y participó decisivamente en la escritura de El embrujo de Shanghai (Shanghai Gesture, 1941) de Joseph Von
Sternberg.
Uno de sus trabajos más importantes fue en la supervisión del guión
de Retorno al pasado (Out of the Past, 1947) de Jacques Tourneur,
según Javier Coma “puliendo la adaptación
de la novela original (…) y dando un
brillo singular a los diálogos del film”. Cain casi nunca veía
películas, repudiaba todo lo que rodeaba a la industria de un Hollywood del que
huyó con la llegada de los inquisidores, y se refugió en Maryland hasta sus
últimos días.
Copyright © Víctor Arribas
martes, 8 de abril de 2014
Por el bien de los humanos...
Ultimátum a la Tierra
The Day The Earth Stood Still. Trailer original en inglés
La producción del cine norteamericano en los años cincuenta fue prolífica en títulos de ciencia-ficción y anticipación. Ultimátum ala Tierra (The Day the
Earth Stood Still, 1951) inauguró una relación de películas que se adentraron
en la fantasía de otros mundos que nos visitan. Fue coetánea con otra gran obra
del género: El enigma… de otro mundo
(The Thing, 1951), de Christian Niby
y Howard Hawks, en la que un ser de procedencia desconocida atenazaba a una
comunidad de científicos en su base investigadora del Ártico. La división
geopolítica en bloques que surgió después de la Segunda Guerra
Mundial y los temores despertados por la Guerra
Fría con la Unión Soviética como enemigo,
suscitaron un caldo de cultivo literario y fílmico que no tardó mucho en ofrecer
sus primeros frutos. Del sentimiento anti-comunista se pasó al pánico. La
sociedad estadounidense vivía atenazada por el miedo a que los conflictos
bélicos no se produjeran ya en las lejanas selvas del Pacífico sino que
tuvieran como escenario cualquier zona poblada de Kansas o de Tennesee. En La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953) de Byron
Haskin, basada en la novela de H.G. Wells, un meteorito cae en un a tranquila
zona residencial de California y pronto comenzarán a aterrizar el resto de
objetos espaciales con fines invasores. En It
Came From Outer Space (1953) de Jack Arnold e inspirada en un texto de Ray
Bradbury, una nave alienígena se deposita sobre el desierto de Arizona y sus
tripulantes comienzan la invasión adoptando la identidad de los seres humanos a
los que van “conquistando”. En La tierra
contra los platillos volantes (Earth
vs. The Flying Soucers, 1953) de Fred F. Sears, con el mago de los efectos
especiales Ray Harryhausen al frente, los militares reciben con misiles a los
recién llegados, que lucen una auténtica flotilla de naves circulares que van
destrozando los símbolos del poder en la capital federal norteamericana. En Invasores de Marte (Invaders From Mars, 1955) de William Cameron Menzies, el enemigo
prefiere invadir por medio de la alienación de las personas para una vez
controlada la raza humana apoderarse del planeta: todos los alienados se
comportan igual, se mueven igual, dicen las mismas cosas y persiguen un mismo objetivo. De esta
variante temática se ocupa también La
invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion
on the Body Snatchers, 1956) de Don Siegel, que adapta un relato de Jack
Finney y muestra una pequeña localidad (otra vez algo romperá la aparente calma
de la soleada California) en la que muchos ciudadanos comienzan a comportarse
de forma extraña y homogénea. La invasión extraterrestre y hostil se hace
patente a través de unas vainas gigantes que sustituyen al organismo humano
durante el sueño.
The Day The Earth Stood Still. Trailer original en inglés
La producción del cine norteamericano en los años cincuenta fue prolífica en títulos de ciencia-ficción y anticipación. Ultimátum a
Pero el género también abordó las
consecuencias de la era atómica sobre las más variadas bestias. Surgen las
mutaciones amenazantes en la pantalla: hormigas gigantes en La humanidad en peligro (Them!, 1954) de Gordon Douglas, arañas
en Tarántula (Tarantula!, 1955) de Jack Arnold, cangrejos en El ataque de los cangrejos gigantes (Attack of the Crab Monsters, 1957) de Roger Corman, o monstruos
resurgidos del pasado ancestral en El
monstruo de tiempos remotos (The
Beast From 20.000 Fathoms, 1953), de Eugene Lourie. Eso, cuando la víctima
de las mutaciones no es el propio ser humano, como en El increíble hombre menguante (The
Incredible Shrinking Man, 1957) de Jack Arnold o en El ataque de la mujer de 50 pies (Attack of the 50
Foot Woman, 1958) de Nathan Juran. También Japón se lanza a producir película
fantásticas basadas en temores cotidianos de su sociedad pos-Hiroshima: Godzilla (1954) de Hishiro Honda.
UN AVISO A LA HUMANIDAD
La primera conclusión que se extrae a la vista de
este amplio abanico de la ciencia-ficción de los 50 es que Ultimátum
a la Tierra
mostraba al invasor desde el punto de vista positivo, como visitante pacifista
que lo único que quiere de nosotros los terrícolas es advertirnos del riesgo
que comporta el camino emprendido por la Humanidad. Parece que los
extraterrestres fuéramos los propios humanos, víctimas de la paranoia de
comprobar cómo más allá de nuestra narices hay un mundo inteligente y no
ofensivo a pesar de todos nuestros temores. El punto de vista narrativo se
sitúa en el invasor, Klaatu es protagonista para que el espectador sea consciente
de lo absurdo de todos esos miedos hacia invisibles enemigos, que se ponga en
el pellejo de los mandatarios internacionales a los que el personaje que
interpreta Michael Rennie lanza su diatriba pacifista. Nuestro invitado
inesperado encuentra como únicos aliados de su misión, a la postre salvar la Tierra , a una mujer, un
niño… y a los científicos , los mismos a los que Christian Niby y su socio
Howard Hawks habían colocado en situación de máximo riesgo ante un ser de otro
planeta que irrumpe en la cotidianeidad de su trabajo. Ellos son lo mejor de la especie humana y con
ellos al frente, y no con los enloquecidos mandatarios políticos, no pesa
amenaza alguna, viene a decir la película.
El relato titulado A Farewell to the Master apareció publicado en la revista Astounding Stories en el otoño de 1940.
Había sido escrito por Harry Bates, un autor de ciencia-ficción que se hizo
famoso como editor. La historia que concibió para los lectores daba mucha mayor
presencia e importancia al personaje robótico, que urbana el nombre de Gnut.
Aquí el punto de vista de la narración no está en los ojos de Klaatu, que muere
al principio de la historia, sino en un periodista que asiste a los
acontecimientos desde que se produce la llegada de la nave a Washington. Y la
otra gran diferencia entre el original y el film reside en el espíritu que
rodea a la Humanidad ,
que no es vista con pesimismo ni con necesidad crítica. Gracias a la
perspicacia de Julian Blaustein, que propuso al magnate de la
Fox Darryl F. Zanuck comprar por mil
dólares los derechos de la pequeña novelita, se abordó el proyecto para llevar
a la pantalla la aventura de Klaatu entre los terrícolas. Se encargó el guión a
un escritor experimentado en western y
cine negro, Edward North, que incluyó en guión gran cantidad de cambios
estructurales y narrativos. El título de la película cambió tres veces: comenzó siendo idéntico al elegido por
Bates, para luego denominarse Journey
into the World y finalmente The Day
the Earth Stood Still, como hoy se la conoce. La inversión de 100.000
dólares en los rudimentarios efectos visuales (el platillo volante, el traje de
látex de Gort) fueron ampliamente recuperados en taquilla. Lock Martin, el
portero del Teatro Chino del boulevard Grauman fue elegido para ponerse ese
pesado disfraz del robot que balbucea “Klaatu barada nikto!”,
una frase en clave que ha pasado a la historia del género.
ROBERT WISE Y SUS ACTORES
El director Robert Wise, nació en Winchester, Indiana en 1914 y murió en Los Angeles en
2005. En su trayectoria siempre será recordado su trabajo para la unidad de
producción dirigida por el gran Val Lewton en la R.K .O., que dio al género del terror fantástico
algunas de sus mejores obras de siempre. Wise, montador profesional del
estudio, había sustituido a Gunther Von Frisch al frente de La venganza de la mujer pantera (The Curse of the Cat People, 1944),
secuela de La mujer pantera (Cat People, 1942) DE Jacques Tourneur,
seguramente la obra maestra de ese ciclo inolvidable. Había sido el responsable del montaje de Ciudadano
Kane (Citizen Kane, 1941) de
Orson Welles y su fama ha quedado acreditada gracias a éxitos absolutos de
taquilla como Quiero vivir (I want to Live, 1958), West
Side Story (1962), y Sonrisas y
lágrimas (The Sound of Music,
1962). No obstante, su mayor influencia se mantiene por producciones mucho
menos aparatosas, más modestas y recordadas por los cinéfilos como Sangre en la luna (Blood on the Moon, 1948), Nadie
puede vencerme (The Set-Up, 1949)
o Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, 1956).
Michael Rennie fue un actor
británico educado en Cambridge y formado como soldado de la RAF en la Segunda Guerra Mundial.
Intervino en grandes títulos del cine norteamericano: La rosa negra (The Black Rose,
1950) de Henry Hathaway, Operación
Cicerón (Five Fingers, 1953) de
Joseph Leo Mankiewicz, y Las ratas del
desierto (The Deserts Rats, 1953)
de Robert Wise entre otras. La heroína de Ultimátum…
es una de las actrices más prestigiosas y serias del Hollywood, Patricia Neal.
Nacida en Kentucky en 1926, fue contratada por
Warner para los primeros títulos
de su carrera como El Manantial (The Fountainhead, 1949) de King Vidor y El rey del tabaco (Bright Leaf, 1950) de Michael Curtiz. Trabajó con algunos de los
mejores directores como Elia Kazan en Un
rostro en la multitud (A Face in the
Crowd, 57), Blake Edwards en Desayuno
con diamantes (Breakfast at Tiffany’s,
1961), Otto Preminger en Primera victoria
(In Harm-s Way, 1965), y con Martin Ritt en el papel que le permitió ganar su
único Oscar ®, Hud, el más valiente entre
mil (Hud, 1963).
Copyright © Víctor Arribas
lunes, 7 de abril de 2014
viernes, 4 de abril de 2014
miércoles, 2 de abril de 2014
Radio y Cine
El camino natural de entrada al mundo del cine durante
décadas ha sido para los profesionales del Sèptimo Arte el teatro, las artes
escénicas, su aprendizaje y su teoría. Pero un buen puñado de cineastas,
entendido el término como todos aquellos que han hecho o hacen cine y no
necesariamente de forma excluiva los directores, comenzaron o realizaron tareas
durante alguna etapa de sus vidas en la Radio, el medio radiofónico en el que
la palabra y la música son los vehículos de expresión. De entre los
profesionales que recalaron alguna vez en la Radio, y salvando el caso tópico
de Orson Welles, maestro del cine y maestro de la realización radiofónica, se
han seleccionado los casos más o menos conocidos de estrellas y técnicos de la
gran pantalla que destacaron en las ondas alguna vez.
RICHARD BROOKS,
realizador independiente americano, mostró muy pronto, a los 20 años, su pasión
por la Radio. Se dedicó al periodismo deportivo y seguramente fue uno de los
precursores de los narradores de eventos del deporte tal y como los conocemos
hoy en día. Además de esas tareas de locutor, escribió editoriales y auténticos
libretos radiofónicos, con lo que asentó un gusto extremadamente refinado por
las adaptaciones literarias en las que luego serían sus películas. Contratado en 1934 por el Phliadelphia Record
en la sección de deportes, pasa a Nueva York para seguir su carrera radiofónica
hasta que es llamado desde Hollywood para iniciar la que sería brillante
filmografía, en la que no faltaron la referencia a su profesión periodística:
"Deadline USA" ("El cuarto poder") ni la adaptación fiel al
original de Truman Capote "In cold blood" ("A sangre fría"). Todas sus
películas le debieron siempre algo a su caracter de narrador.
FRANK CAPRA, el
inmigrante italiano que defendió con mayor estima el "american way of
life" en la época roosveltiana del New Deal. Había nacido en Palermo en
1897, y a su llegada al Nuevo Mundo se dedicó a mil y un oficios, siempre
acometidos con el ansia de aprendizaje que luego plasmaría en sus películas. En
esa època trabajó en la radio, haciendo funciones desde chico para todo
hasta dialoguista en
algunos seriales de éxito. En la contienda mundial de los años 40, Capra
realizó con estilo periodístico y narración de corte radiofónico la serie de
propaganda bélica
"Why we
fight", que fue vista por decenas de miles de soldados americanos antes de
partir hacia el frente. Célebre es la alocución del personaje central de
"Caballero sin Espada" Jefferson Smith ante el Congreso de la Unión,
con una puesta en escena característica de las intervenciones en radio de los
políticos.
Muchos cómicos de cine nacieron y se desarrollaron en la
radio, y en muchos casos obtuvieron más éxito en este medio. ABBOTT Y COSTELLO, la pareja cómica más
conocida de los años 30 y 40, son ejemplo de ello. William Abbott y Lou
Costello tuvieron experimentada comicidad ante el micrófono, donde mostraron su
habilidad para plantear situaciones absurdas y diálogos demenciales. La parodia
fue su especialidad, y en la pantalla fueron muy famosos aunque su verdadero
medio de expresión nunca fue abandonado del todo.
LOS HERMANOS MARX no
podían ser ajenos a la radio, una vez conseguido su éxito sobre los escenarios
de hilarantes revistas y en películas iniciáticas como "Horse
Feathers" ("Plumas de Caballo") o "The Cocoanuts"
("Los cuatro cocos"). Escribieron diálogos que fueron radiados desde
el mítico Hotel Algonquin y vitoreados decadas después por el grupo de
intelectuales cuyo núcleo formaron Dorothy Parker y el guionista George S.
Kaufman, a los que se uniría ávido de diversión el imprevisible Harpo. En 1931
los Marx recibieron una oferta para un Radio-Show que no cristalizó, pero tres
años después, los dos hermanos más caústicos y brillantes Groucho y Chico,
fueron contratados para un programa de media hora, "Flywheel, Shyster and
Flywheel", en el que daban voz a un insolente abogado y a su incompetente
secretario. El espacio estuvo 26 semanas en antena, pero se disolvió como el
azúcar cuando desapareció el sponsor, la potente Standard Oil de New Jersey.
Aún así, los eléctricos diálogos del programa han sido editados en libros y
cuentan por millones los ejemplares vendidos.

Caso aparte es el del gran JACK LEMMON, experto cómico y actor dramático de potente registro,
que estudió en Harvard y que aprendió en la radio la vivacidad de sus frases y
sus diálogos, en tantas películas demostrados. Lemmon fue actor de comedia en
la radio americana de los años 40.
JERRY LEWIS,
natural de Newark, New Jersey, es uno de los artistas mejor dotados para la
comedia que ha dado el siglo. Un malentendido le puso en unas pruebas, encima
del escenario, junto
a un joven bien
parecido, más alto y más guapo que él, con quien llegó a conectar de tal forma
que formarían pareja durante dos décadas en el cine y en la radio. En el
teatro, en la gran pantalla, en el music-hall, y en programas radiofónicos
ácidos y musicales, Jerry Lewis y Dean Martin llegaron a convertirse en la
pareja cómica más popular de su época.
También en Europa los cómicos del cine tuvieron sus flirteos
con la radio. NINO MANFREDI, el
inolvidable verdugo de Berlanga, se confirmó en el medio como actor de comedia.
Y el francés BOURVIL, André
Raimbourg, auténtico artista total, demostró ser hombre de radio con sus trabajos en Radio
París, donde se convirtió en el campesino de pueblo, el tonto que no ocultaba
sus orígenes rurales (había nacido en la villa de Bourville, de la que tomó
prestado el nombre).
BLAKE EDWARDS
nació como guionista en la radio americana, en las pequeñas emisoras del estado
de Oklahoma, en cuya capital Tulsa había nacido. Muchas ideas de guión de sus
películas tienen base en situaciones de seriales radiofónicos, incluso las más
visuales, con un conocimiento del espacio que aprendió sin poderlo
"enseñar" en sus trabajos para la radio.
Entre los músicos de relieve y talla internacional que
trabajaron para la radio, JERRY
GOLDSMITH es el más destacado. En los años 70 escribió las partituras de
centenares de programas, buceando en fuentes y referencias provenientes del
folk y la música clásica. Su obra para el cine va desde las bandas sonoras de
"Alien" y "Chinatown", hasta los westerns "Río
Lobo" y "La balada de Cable Hogue".
ROBERT ALTMAN es
un hombre de mundo, como sigue demostrando película tras película. Combatió en
la Segunda Guerra Mundial en la US Air Force, pilotando bombarderos, y del
frenesí
del combate pasó a la
batalla de las ondas herzianas, donde escribió guiones y programas enteros. En
Nueva York pasó sus años de juventud, llevando una vida bohemia en la que
incluso se vio obligado a trabajar haciendo tatuajes.
MARY ASTOR, por
el contrario, fue una aristócrata en todo aquello que hizo en su carrera.
Lucille Vasconcellos Langhanke, rocambolesco nombre que tuvo logicamente que
modificar, ganó un concurso de belleza que le permitió acceder a la pantalla,
aunque para entonces ya había obtenido una sobrada experiencia como locutora en
la radio, donde aprendió la soberbia dicción que exhibió en sus diálogos con Sam
Spade-Humphrey Bogart. Por el papel de Brigid O´Shaughnessy ganó el Oscar.
El caso de GLORIA
SWANSON no tiene parangón en la Historia del Cine, en lo que a su relación
con la radio respecta. Fue una gran, garandísimia estrella en el mudo, llegó a
lo más alto con su "Reina Kelly"
y al llegar el sonoro, su fulgor desapareció. En 1934, como tantos otros
grandes actores de la época silente, dejó el cine y dedicó todos sus esfuerzos
a los negocios... y a comenzar una increíble carrera en la radio antes de
enfrentar su verdadero crepúsculo al atravesar, de la mano del cínico Billy
Wilder, Sunset Boulevard. Fue la caída
de una diosa que supo encontrar en el micrófono, donde nadie podía ver su
decadencia, la erótica del estrellato que nunca quiso abandonar.
Grande entre los grandes, LIONEL BARRYMORE fue locutor, músico, escritor y pintor, amén de
otros muchos campos de la creación que pudo experimentar. En la radio formó los
cimientos de la vocalización del idioma inglés en su perfección, tan cara a los
americanos. También su hermano John fue un gran orador y experto en recitar
textos.
En Europa, dos casos singulares: ETTORE SCOLA, letrado formado profesionalmente en Treviso,
periodista de humor que siempre supo, en su vida y en su cine, mirar de forma
crítica a la sociedad italiana. Trabajó en la radio en los años 50. Y
FRANCO ZEFFIRELLI, actor de radio gracias a cuya práctica pudo pagarse los
estudios de arquitectura en Florencia.
Muchos son los artistas del medio cinematográfico que hunden
sus raices profesionales en la radio. Desde directores hasta guionistas,
actores y actrices, músicos y productores, he aquí una reseña de los más
destacados. La producción radiofónica de Orson Welles "La Guerra de
los Mundos" conmovió a los oyentes norteamericanos en los albores de la
década de los 40. El genio de Welles estaba secundado en el talento de un grupo
de profesionales de la radiodifusión, el más importante de los cuales fue PAUL STEWART, afamado locutor de la
radio neoyorkina que se asoció con Welles para la puesta en marcha del proyecto
basado en la obra de H.G. Wells. Stewart usufructuó más tarde los éxitos
cinematográficos del genio, apareciendo como secundario en "Ciudadano
Kane", aunque su actividad en la radio no desapareció: al contrario, puso
en marcha la emisión en el frente de los programas "News from home",
para la Office of War Information, que eran emitidos para los soldados
americanos durante la Segunda Guerra Mundial. Junto a él, y con mayor
reconocimiento mundial como consecuencia de su trabajo en el cine, el músico BERNARD HERRMAN participó en la
elaboración del mítico programa, escribiendo la partitura. HOWARD KOCH, guionista
de grandes recursos muy utilizado en el Hollywood de la época dorada, escribió el guión de "War if the
Worlds". ED BEGLEY; WILLIAM BENDIX, el marino herido en
"Naufragos" de Hitchcock; JACK BENNY, muy popular en la radio
americana en los años 30, famoso en el cine por su papel en "To be or not
to be" de Lubistch en la que "le hacía a Shakespeare los que los
alemanes le hicieron a Polonia"; ANN BLYTH;
EDDIE CANTOR, actor cómico
que se adaptó mejor a la radio que al cine;
el "malo" TED DE CORSIA,
secundario en tantas películas B; LEO GENN, locutor de la BBC al que se
conocía como "el hombre
con la voz de
terciopelo negro"; ANNE FRANCIS,
que fue a la radio lo que Shirley Temple o Elizabeth Taylor al cine, una
estrella precoz; JOHN FRANKENHEIMER, director de cine que se formó en la cadena
radiofónica de la CBS; MEL FERRER,
disk-jockey y productor de shows en la
NBC; o JOSE LUIS GARCI, el cineasta
español que más ha amado la radio, a la que en todas sus películas hace guiños
y en la que trabajó en varias etapas,
son otros ejemplos del binomio casi desconocido de radio y cine.
Copyright © Victor Arribas
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