viernes, 31 de mayo de 2013

Las raíces de la violencia en América

EL FUERA DE LA LEY

            Pocas veces en la filmografía de Clint Eastwood se puede encontrar una sucesión de momentos de extrema violencia y muerte como en The Outlaw Josey Wales. La narración no da pie al respiro, lleva al espectador practicamente sin posibilidad de relax de un enfrentamiento armado a otro, de una situación límite a la siguiente, al ritmo del itinerario físico y moral que sigue “el mismísimo diablo”, como define al protagonista ese viejo cherokee civilizado que es Chief Dan George (no debe olvidarse: el segundo nombre que aparece en los créditos de la película). El viaje hasta las tierras indias de este antiguo granjero que ha perdido a su familia asesinada por los Botas Rojas pasa de la frondosidad de los bosques de Missouri hasta las desérticas extensiones en Texas pasando por Kansas, de los azules gélidos forzados por la cámara de Surtees a la calidez del sol en un paraje  que podría haber localizado Ford en su Monument Valley: rojos, amarillos arcillosos y áridos ocres. Pero en todo ese recorrido la venganza y la persecución alientan un relato plagado de duelos pasados a revolver y carabina.



            El fuera de la ley es el segundo de los cinco westerns firmados por Eastwood como director, si consideramos Bronco Billy (Bronco Billy, 1980) como un elemento cercano al género, y el undécimo de los catorce que protagonizó, incluyendo en la lista aproximaciones temáticas como La jungla humana (Coogan’s Bluff, 1968), el musical La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969) y El seductor (The Beguiled, 1971). Cuando acometió la adaptación del libro Gone to Texas del poeta indio Forrest Carter tenía ya una experiencia de casi una década como pistolero, había cabalgado junto a Sergio Leone, John Sturges y Don Siegel, se había movido en argumentos de Budd Boetticher y en guiones de Elmore Leonard. Incluso  había ya dirigido su primer western, Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973) con el que Josey Wales guarda  pocas similitudes. El personaje es en cierto modo un anticipo del Bill Munny de Sin Perdón (Unforgiven, 1992), aunque comienza como un destripaterrones  tan iluso y despreocupado  que sospecha la presencia de una tormenta al escuchar el estruendo de los jinetes destrozando su hogar y asesinando a su familia. “Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo quita”, proclama resignado antes de desplomarse sobre la cruz de la sepultura de su mujer y su hijo. La venganza comienza en los rescoldos del hogar calcinado: entre las cenizas, Josey encuentra el revolver con el que comenzará a practicar sobre una estaca de madera. Nada sabe del manejo de armas, pero su perseverancia al disparar dejará el tablón destrozado en astillas y demostrará que está dispuesto a hacer pagar a los asesinos aunque sea lo último que haga. En el camino, Josey conocerá lo peor del ser humano. El mismísimo demonio terminará disparando por la espalda y rematando a sus adversarios, elementos incorporados al guión que seguramente separaron a Eastwood y a Phillip Kaufman a la hora de iniciar el rodaje y que obligaron al director californiano a dirigir la película además de ponerse delante de las cámaras. Y elpíticamente, el capitán yankee Terrill que ha asesinado a la familia de Wales y le ha perseguido como a una rata durante  más de dos horas de película, caerá ensartado por la espada con una gestualidad  muy parecida a la que Eastwood confería a la caída del cuerpo de su protagonista sobre la cruz de la sepultura de sus seres queridos.




El fuera de la Ley es un compendio de temas westernianos que habla del trauma de la guerra, de cómo las tribus indias fueron engañadas en Washington, de los tiempos de supervivencia en que la carne de búfalo ahumada era un tesoro para quienes cabalgaban entre las montañas de Missouri, del trato no menos inhumano que recibieron los perdedores de la guerra entre Estados.  Eran tiempos en que había que saber cantar Dixie y el Himno de la República para sobrevivir, tiempos de vendedores de elixires maravillosos , de cazarrecompensas, de saqueadores de peregrinos orgullosos de ser de Kansas, de comancheros desalmados. Eastwood utiliza el recurso a la narración episódica, levemente hilvanada por un hilo conductor que es la venganza tan afín a directores como Fritz Lang, pero tan oculta como en los westerns de Anthony Mann, con los que sí guarda enormes paralelismos físicos y psicológicos. Una venganza que se encuentra larvada hasta el desenlace y que no le será explicitada siquiera a la víctima del ritual de rencor y violencia. Wales escupe tabaco mascado sobre el cráneo de sus victimas y de todos los seres a los que desprecia como alacranes, perros y vendedores ambulantes, pero en su recorrido no duda en incorporar al hijo adoptivo al que deberá enseñar los secretos del revólver y de las emboscadas. Como en El aventurero de la medianoche (Honky Tonk Man, 1982), El principiante (The Rookie, 1990), Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993), Mystic River (Mystic River, 2003), Million dollar baby (Million Dollar Baby, 2004), El intercambio (The Changelling, 2008) y Gran Torino (Gran Torino, 2008), el realizador sitúa como una de sus obsesiones personales la pérdida de un hijo y la consiguiente, casi simulténa, necesidad de adoptar y ser adoptado, y ese papel se le atribuye en la película al joven sudista que acompaña a Wales en sus primeros escarceos como rebelde y prófugo tras el armisticio.  De forma claramente confesable, Eastwood muestra y no oculta sus preferencias por los derrotados y denuncia la irracionalidad de los ganadores sin escamotear violaciones o abusos. En unos tiempos en que el género ya se encontraba en franca retirada, el cineasta que mejor ha contribuido a evitar su eutanasia continuaba un camino de dignificación que resaltaría aún más en El jinete pálido (Pale Rider, 1985), el único super-western de los años 80, y en Sin Perdón, que curiosamente le proporcionó la amnistía general de todos los detractores miopes que le habían retirado cualquier licencia artística en los tiempos de Leone y Harry. 


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Eastwood cumple 83 años.

http://youtu.be/98pyIhZjqrU

viernes, 24 de mayo de 2013

Un mundo violento e imperfecto

UN MUNDO PERFECTO


El particular y acerado estudio sobre la violencia en América que Clint Eastwood viene realizando desde que dirigió su primera película Escalofrío en la noche (Play Misty for me, 1971), incluso desde mucho antes con sus personajes sin nombre para los films de Leone y Siegel, se detiene con Un mundo perfecto en una de sus estaciones término. Las raíces de los comportamientos violentos irreprimibles en una sociedad forjada a golpe de arma de fuegoestán expuestas en la filmografía de Eastwood con mucha más clarividencia y veracidad que en autores como Oliver Stone, Quentin Tarantino, Michael Mann o Tony Scott. Los materiales literarios de Cormac McCarthy y el trabajo de los hermanos Coen se han acercado a esa sencillez expositiva. Ruta suicida (The Gauntlet, 1977), El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales, 1976), Sin Perdón (Unforgiven, 1992), Poder absoluto (Absolute Power, 1997), Ejecución inminente (True Crime, 1999),Deuda de sangre (Blood Work, 2002), Mystic River(Mystic River, 2003), El intercambio (The Changelling, 2008) y Gran Torino (Gran Torino, 2008) están atravesadas por una fuerza vectorial en sus argumentos que aporta una impagable documentación y experiencia a ese estudio sobre los orígenes del gen violento de los norteamericanos, algo que puede contribuir a explicar por qué cada cabeza de familia guarda un rifle en el armario de la habitación.


El tema de la caza del hombre, del proscrito que se ha evadido de una penitenciaría junto a un sádico presidiario,tan común en el género negro americano y en el thriller,tiene aquí un ingrediente nuevo que lo hace más intenso emocionalmente, y más delicado en el plano físico: Butch tiene que hacerse cargo del pequeño Phillip al que ha secuestrado en su huida como rehén para no ser capturado por los Rangers. En montaje paralelo, Eastwood bascula en las primeras escenas entre la huida de los presos del penal de Huntsville en Texas, un Estado poco dudoso de emplearse con dureza contra todo el que transgrede la Ley,y los preparativos de la cena de Halloween en casa de los Perry. Se trata, no por casualidad, de una familia detestigos de Jehová que no celebran semejante fiesta pagana, muy a pesar del niño del que se burlan sus compañeros de colegio. La complicidad que se establece entre secuestrador y rehén alcanza esa obsesiva idea de la pérdida del padre y del hijo adoptivo que tanto ha perseguido el autor de Bird (Bird, 1988). Desde el primergolpe que cometen en una granja tejana robando el vehículo y prendas de vestir, sus andanzas serán como las de una especie de Bonnie y Clyde peculiares que van aprendiendo a conocerse mutuamente, que son complementarios. Haynes fue maltratado por su progenitory golpeado por la vida, y no consiente que se haga sufrir a un niño. En una de las  escenas  más sobrecogedoras y tensas de la filmografía eastwoodiana, la intimidación a la familia de un granjero de color, la esquizofrenia ultraviolenta aumenta en un crescendo insoportablemotivado por esa espita que es el maltrato a un pequeño.


Pero si el estudio de los dos personajes principales es pormenorizado, el personaje del ranger Red Garnett resulta imprescindible en el guión de John Lee Hanckok. Es un jefe de policía que desprecia a los políticos pero debe convivir con ellos, en un Texas que en aquel año1963 se encontraba en campaña para reelegir Gobernador. El presidente Kennedy echaba incluso una mano al partido acercándose a Dallas. Pero Garnett se debe sólo a su trabajo, se incauta del vehículo preparado para el desfile de las autoridades  y agota las existencias de carne y patatas destinadas a los estómagos agradecidos de la clase política. En su más bien caótica búsqueda y captura de los criminales huidos da varias lecciones a la joven criminalista enviada por el Gobernador, a la que aclara, como un viejo zorro de la profesión, que el trabajo que tienen por delante sólo puede tener éxito con el oido de un tísico, el olfato de un sabueso  y bebiendo muchos litros de café”. Es en esa caravana improvisada como oficina policial donde alguien dice que “en un mundo perfecto, cosas como esta no ocurrirían”.  En un mundo perfecto, al menos como lo entienden los americanos, no habría historia porque el viejo vecino de la casa de al lado habría acabado con  los dos delincuentes al sorprenderles durante el asalto. El ladrón asesino se burla de la policía, y el policía del Estado se burla de los políticos. Pero entre los dos hay un gran secreto que Eastwood desvela en una oscura y magnífica secuencia, la conversación de la joven especialista y el agente a la luz de la hoguera en la que sabremos que él logró muchos años atrás que el niño Butch fuera a un reformatorio para evitar que volviera con su padre, un delincuente irrecuperable. Tras ese momento de intimidad, los dos personajes se miran a la cara un solo instante en toda la película, y ya es demasiado tarde para volver al pasado. El director maneja las emociones en esosúltimos diez minutos de manera comparable al juego de los sentimientos que desplegaba Leo Mcarey en sus prodigiosos finales, estira el tiempo en un momento que parece eterno cuando Phillip se da cuenta de que va a crecer de forma abrupta y de que su infancia ha tenido una verdadera plenitud sólo al lado de un criminal, el que le ha dado la libertad que las normas de la religión de su madre prohiben.  

La Warner pensó inicialmente en Steven Spielberg para dirigir Un mundo perfecto. Cuando Eastwood se puso al frente eligió un papel secundario antes que el protagonista, cediendo a un Kevin Costner entonces con 38 años el estrellato del film, una maniobra con la que pudo subrayar las barreras generacionales que separan a los tres personajes masculinos de la película. Ninguna de las muertes que ocurren durante la historia o antes del presente se ven en la pantalla, siempre se producen en offpese al sustrato violento que preside toda la narración. Clint Eastwood  cuida como siempre hasta la extenuación los detalles musicales incluyendo una banda sonora que suena a través de viejos tocadiscos o la radio del coche en el que huyen hacia Alaska el asesino y el niño, con canciones de Johnny Cash, Chris Isaak o Perry Como. Y como es costumbre desde hace dos décadas compone un tema, Big Fran’s Baby, donde se escuchan violines rasgados a la manera rural del Texas de los años 40. La partitura general contiene arreglos orquestales de esa composición a cargo de un Lennie Niehaus en la cima de su talento creativo.

martes, 21 de mayo de 2013

Vuelve Flashback!!!

Sí, gracias a la tecnología podéis volver a escuchar desde hoy algunos de los programas que hicimos en Onda Madrid entre los años 2007 y 2008, dedicados a la divulgación del Cine clásico y sus valores. Iré colgando poco a poco los programas que he conservado después de tantos años, para que el nuevo público pueda disfrutar de ellos.

Empezamos por la primera emisión: el 1 de diciembre de 2007 nos pusimos al micrófono este servidor, y mis amigos Eduardo Torres Dulce, Javier Coma y Juan Carlos Vizcaíno. He podido escucharlo antes de ofrecéroslo, y tal vez no os guste, pero es innegable que nos salió una declaración de amor eterno a Centauros del Desierto.

http://www.ivoox.com/flashback-victor-arribas-num-1-audios-mp3_rf_2061831_1.html

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jueves, 25 de abril de 2013

Aclaración sobre mi querida Imágenes

Hace unas semanas, como podéis leer más abajo, escribí una entrada en "Mezclado, no agitado" en la que mostraba mi enfado por una referencia a un texto mío en la revista Imágenes. Me molestó que utilizaran frases mías en la reseña del Dvd The Man in the Net, en el que escribo el libreto adjunto a la película.

La aclaración que me ha enviado Tomás Fernandez Valentí es plenamente satisfactoria para mí, bastaba con explicar que el gran Ruiz de Villalobos es el autor de la sección sobre DVDs y la forma en que se hacen las reseñas. Por mi parte queda aclarado el asunto.

Aprovecho para recomendaros que compréis tanto Imàgenes como Dirigido Por. Las dos son sensacionales, y en la segunda, mi auténtica Biblia como cinėfilo, escribió Ramon Freixas una crítica maravillosa sobre mi libro El Cine Negro hace ahora dos años. Imágenes y Dirigido Por forman parte de mi vida y no dejarán de hacerlo por un mosqueo pasajero...

Aqui teneis la portada de la revista de mayo, donde Tomás escribe un fascinante reportaje que desnuda El diablo sobre ruedas, para algunos de nosotros la mejor películade Spielberg.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Tiempos de Gloria


 LA MASACRE DEL 54 DE MASSACHUSETS

 

(Este artículo se publicó en el diario El Mundo en el mes de mayo de 2002. Lo rescato para todos vosotros). 

         La Historia está hecha con los fracasos y con las victorias. En este cruento episodio de la Guerra de Secesión que enfrentó a los estados de Norteamérica en la segunda mitad del siglo XIX, la victoria moral se apoya en una derrota militar facilmente previsible, y se plasma en la materia especial de la que están hechos los héroes, como Davy Crockett en El Álamo, como Custer en Little Big Horn, como le ocurriría también, en una similar encerrona militar, al recientemente resucitado teniente coronel McKnight en Mogadiscio. Los héroes del Regimiento número 54 de Massachusets entraron en la Historia arrastrados por la ira contra la esclavitud: preferían morir en el combate que vivir privados de libertad y de derechos.

         Este fue el primero y uno de los pocos regimientos compuestos unicamente por hombres de raza negra durante los años de la contienda civil, en la que 186.107 soldados negros combatieron, y más de 30.000 dejaron su vida por la causa de la libertad. Encontraron en las filas de los federales cobijo y acogida, aunque no siempre con pulcro respeto a su condición de seres humanos, como se muestra en Tiempos de Gloria. Su batallón es siempre el último en recibir los abastecimientos de uniformes y armas, y cuando entra en liza solo es utilizado para saquear las grandes mansiones de los señores aristócratas del Sur. Les obligaban a hacer el trabajo sucio y criminal. Incluso existe la fundada sospecha por parte de los historiadores de que su suicida misión contra Fort Wagner, en Carolina del Sur, no fuera más que una utilización como señuelo y presa fácil para allanar el camino de un posterior asalto con mayores garantías de éxito. En una palabra, que los altos mandos del ejército de la Unión les lanzaron a una muerte segura. El apocalipsis, el holocausto, el exterminio.

         Los hechos que describe con pulso narrativo certero y con interpretaciones de gran nivel Tiempos de Gloria se inician en el otoño de 1862, cuando el gobernador de Boston encarga, por encargo del presidente Lincoln, a un grupo de oficiales blancos encabezados por el coronel Robert Golden Shaw la formación y adiestramiento de una unidad compuesta por esclavos huídos del sur y hombres negros completamente libres. Shaw está ya curtido, ha resultado herido en la batalla sangrienta de Antietam, en la que el ejército unionista logró paralizar la ofensiva conferedada e iniciar la segunda y determinante fase de la guerra. Los soldados reciben la instrucción en el campo de Readville, y parten hacia el Sur para participar en un episodio que, pese al baño de sangre,  les haría célebres y les permitiría tener un monumento que hoy conmemora su heroicidad: la toma del fuerte Wagner, custodiado por una pequeña guarnición confederada. Los hechos son reales y el guión de Kevin Jarre  se apoya en el libro “Robert G. Shaw and his brave black Regiment” de Peter Burchard, así como en las cartas que el coronel escribió a su madre desde el frente, utilizadas como inteligente voz en off y siempre con  idéntico comienzo: “Querida madre...”.

         El cine americano ha recreado con relativa frecuencia los acontecimientos de la Guerra de Secesión, aunque no siempre con justicia histórica, porque como saben la mentira es la grandeza del cine. Griffith inventó la escritura de la cámara en El Nacimiento de Una Nación, la saga de dos familias considerada como el paradigma del racismo en la pantalla, tan rechazable o tan admirable, a gusto del espectador,  como los mensajes comunistas del cine de Eisenstein. Pero por encima de todo, arte cinematográfico de primera magnitud. La figura del presidente asesinado por John  Wilkes Booth se dibuja, con el fondo de la contienda, en la magnífica y hoy casi olvidada Abraham Lincoln, también de Griffith. John Ford entró en el tema en su episodio de la Guerra de Secesión de La Conquista del Oeste y en Misión de Audaces, a la que esta película de Edward Zwick debe mucho.  La Roja Insignia del Valor, de Huston, y sobre todo Lo que el Viento se Llevó, del productor David O. Selznick, se inspiraron en los sucesos del período 1861-1864. En ellas están los momentos más recordados: la batalla de Manassas, la toma de la capital sudista Richmond, y la capitulación del general Robert Lee ante Ulises Simpson Grant en Appomatox, previa a la entrega de las armas por el ejército confederado. En general, Hollywood ha explotado con prudencia el filón de su propia guerra.

         El director Edward Zwick, hasta hoy con mayor éxito como productor que por su trabajo tras la cámara, ha debido ver, analizar y escrutar durante muchas horas a Griffith y a Ford. Su película tiene momentos de elevado dramatismo, y no son precisamente las secuencias de acción: cerca ya de la lucha final, los soldados celebran por la noche en el campamento un cántico espiritual negro en el que afloran sus miedos y sus ansias de libertad. En esos momentos íntimos, Tiempos de Gloria logra superarse. La película muestra los tradicionales bailes de oficiales tan queridos por Ford, el aprendizaje de los futuros infantes con un sargento inflexible, que no por casualidad se llama Mulcahy, el mismo nombre que tenía el sargento fordiano al que personificaba Victor McLaglen en Fort Apache, el relato de otra encerrona mortal guiada por un oficial terco y enloquecido, el inolvidable teniente coronel Owen Thursday con los rasgos de Henry Fonda. Denzel Washington logró por Tiempos de Gloria su primer Oscar con el personaje de Trip, de carácter indomable y fiero en el combate. El director de fotografía Freddie Francis, aclamado por sus trabajos en Suspense, El Hombre Elefante o Una Historia Verdadera, elevó también la estatuilla.

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