jueves, 30 de enero de 2014
viernes, 24 de enero de 2014
Cuando se imprimía la leyenda
Hoy es 24 de enero, San Francisco de Sales. Patrón de los periodistas en España. Del estado ruinoso de esta profesión escribí hace un mes en la revista Informadores. Esta es mi reflexión:
Crisis
del periodismo y la comunicación. ¿Hay salida?
Para trasladar al
lector la forma en que yo veo al periodismo actual y la brutal crisis del
sector de la comunicación, pido atención sobre la imagen seleccionada. En ella vemos
como se amenaza al reportero, fotógrafo, editorialista, entrevistador, director
y editor del Shinbone Star, el inefable Dutton Peabody que interpretaba el gran
actor Edmond O’Brien en la película El
hombre que mató a Liberty Valance (The
Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962). Y el que amenaza no es otro
que Valance, pistolero, matón, cuatrero, buscavidas del Oeste que no consiente
que un simple gacetillero publique sus fechorías y dé a conocer al mundo sus
crímenes. Peabody es un romántico de este oficio, un hombre que trabaja de sol
a sol en su pequeño pueblo buscando, husmeando, destapando hechos noticiosos,
una suerte de periodista acosado por el Mal en su sentido más estricto. Su
antagonista, que está a punto de matarle a golpes delante de su misma rotativa,
es la metáfora de los peligros que han hecho presa fácil en los comunicadores
españoles y en sus maltrechas empresas: la caída publicitaria, la dependencia
del poder político, la alineación en trincheras ideológicas que nos empujan hacia
una pendiente empinada al final de la cual está el más absoluto desastre. Por
ser claro y dejarnos de paralelismos cinéfilos: los periodistas tenemos en
parte lo que nos hemos buscado dejándonos llevar por una terrible
bipolarización de este país, y tenemos también lo que nos ha caído encima por
la reconversión del sector (Internet, redes sociales) y la recesión que ha
castigado el proyecto de decenas de medios de comunicación.
¿Salida
para este pozo despiadado que ha obligado a cerrar empresas y a despedir a
miles de profesionales? La primera que se me ocurre es la definitiva dispersión
de la política y el periodismo, en la que cada uno de nosotros tenemos mucho
que hacer, que decir, y lo que es más importante, que decidir. La segunda
vendrá dada por la recuperación económica que todos deseamos a este pequeño
Shinbone del Oeste que es España. La tercera es la adecuación de nuestros
soportes a este mundo por descubrir que se ha abierto ante nuestros ojos y
corazones. Recientemente volví a la Radio tras diez años de trayectoria en
Televisión, y descubrí que este medio está tratando de avanzar en ese
territorio por colonizar en el que los jóvenes nos llevan ya la ventaja de unas
trescientas carretas. Lo mismo debe ocurrir en los demás. Nostalgias
trasnochadas por ese periodismo romántico de hace décadas servirán para que
entonemos todos canciones irlandesas acodados en la barra de un bar con una
pinta de cerveza negra en la mano y con lágrimas en los ojos, pero no aportarán
nada al futuro de la comunicación.
Copyright © Víctor Arribas
miércoles, 22 de enero de 2014
No hay nobleza en la pobreza
El Lobo de Wall Street
Estreno en cines 17 de enero de 2014. Trailer El lobo de Wall Street
Ya le tienen ahí, con cara, ojos y ademanes. Ya podemos
corporeizar, aunque sea en los rasgos de un actor gigantesco, quizá ya el mejor
de su generación, a las sombras anónimas desprovistas de moral que han
arruinado a millones de pequeños ahorradores con productos financieros subprime,
llámense preferentes o como demonios quieran llamarles, con cuentas en Suiza
para eludir el control del fisco. Son como él. Como Jordan Belfort, cuyo
estigma está en todos los rincones de esta crisis que corre ligera hacia la
década para convertirse en mucho más nociva que la de 1992, más espesa y
demoledora que la del petróleo en los 70, e igual al menos de empobrecedora que
la provocada por el gran crash
bursátil de 1929 y la consiguiente Gran Depresión. En el origen de todo estaban
los personajes como Belfort, arribistas y alegales, ilegales y empeñados en
enriquecerse a costa de la miseria de sus semejantes, a los que siempre
consideró coetáneos pero nunca conciudadanos. Este Belfort que llevan al
paroxismo Martin Scorsese y Leonardo di Caprio es como los gangsters de los años 30, atraen y repelen al espectador al mismo
tiempo, deseamos su caída y su ruina a la vez que soñamos con las riquezas que
acumulan con el delito como estilete de su acción criminal. Nada que ver con el
Gordon Gekko que dibujó un demasiado partidista Oliver Stone. Este sujeto, que
existe en realidad y comercializa sus libros y conferencias a precio de oro, vende
bonos basura de empresas cochambrosas utilizando su capacidad de seducción por vía
telefónica, con el único objeto de ganar importantes comisiones a costa del
engaño. Es un vendemotos que considera, en su filosofía vital de desprecio a
sus clientes, que no hay nobleza en la pobreza y que todo vale para evitarla.
Scorsese borda la exposición de los excesos del personaje,
cuyo entorno es peor que la mafia porque
en la mafia hay honor (Uno de los
nuestros), y es peor que el juego (Casino)
porque las reglas de la ruleta son aceptadas hasta por los estafadores que las
contravienen. El director neoyorkino narra la ascensión de Belfort desde la
fundación de su empresa Stratton Oakmont en un suburbio de Long Island, y
emplea a toda la “famiglia” para tal fin: el guionista Terence Winter lo fue
también de Los Soprano, la montadora
Thelma Schoomaker lo ha sido de prácticamente toda la obra de Scorsese, y su
estrella masculina es la que ha poblado sus últimas películas relevantes desde
hace más de una década. Su descripción de las bacanales en las que se mueve el
excesivo y amoral Belfort no ahorra detalles, son fiestas con prostitutas,
cocaína, crack, alcohol… Belfort lo cuenta en su libro al que Scorsese es
sorprendentemente fiel (como hizo en Infiltrados con Juego Sucio), con una
apuesta formal que pone al espectador al borde de un ataque de nervios, como
ocurría en Al límite (Bringing Out
the dead, 1999). ¿Alguien puede explicar por qué el montaje no ha sido nominado
al Oscar? Scorsese usa la voz en off, pero rompe la posible convencionalidad de
ese recurso con interpelaciones del propio Di Caprio a los espectadores para
que crean o dejen de creer en lo que ven. En su puesta en imágenes, El lobo de Wall Street es una de las
mejores obras de su autor y vuelve a situar la calidad de su cine a la altura
de las mejores, Toro Salvaje, Uno de los
nuestros, Taxi Driver.
Es además la quinta película de Di Caprio con el genio de
Queen’s. El actor remonta hasta el infinito tras su protagónica contribución al
desastre de El gran Gatsby de Baz
Luhrman. Serán dificiles de olvidar para
los aficionados con un mínimo de memoria los discursos que profiere a su manada
de lobos en la sede de Stratton Oakmont. Ha ganado ya el Globo de Oro al mejor
actor de ¿comedia? ¿será comedia negra? Una broma del marketing cinematográfico.
Es tan autodestructivo y hedonista como
el Howard Hughes de El aviador. Tras
él, la producción ha elegido un reparto multifacético, con directores de cine (Rob Reiner, Jean Dujardin,
Jon Favreau) y nuevas estrellas por consagrar. como la prometedora Margot Robbie.
Jonah Hill es Donnie, el Joe
Pesci de la función, el lugarteniente siempre fiel al lobo de Wall Street que
asistirá a su ascenso y será traicionado en su caída. Sobresale un secundario
aislado cuya participación es nuclear para el relato, Matthew McConaughey como
Mark Hanna, cuya conversación con Belfort
a su llegada como novato a Wall Street define su personaje, su mundo de
tiburones sin escrúpulos y su amoralidad, y le abre las puertas a un infinito
de lujo, poder, vicio y corrupción. Los brokers
no escatiman mal gusto en su carrera hacia el infierno, lanzan enanos contra
una diana, comparten mujeres como si fueran objetos de usar y tirar, esnifan la
droga en el trasero de las señoritas de alterne contratadas para dar rienda
suelta a la más explícita desinhibición. La escena en el yate con los agentes
del FBI anunciando la investigación a Belfort demuestra el doble plano en que éste sitúa a
los seres humanos, en función de los billetes verdes que son capaces de reunir.
A Scorsese debemos agradecerle que con el agente Denham, Kyle Chandler, no caiga en la tentación
de abrir una historia tangencial o subtrama, dejando que su vulgar y
trasnochada existencia sólo ocurra en la mente y la imaginación, haberlo
mostrado más alá de sus miradas en el metro volviendo a casa habría sido un
subrayado fatal en el que otros muchos directores habrían caído sin dudarlo. Al
final Belfort acepta un pacto con la
Justicia para delatar a sus colegas, como en Goodfellas ,y librarse de una condena superior a los 20 meses que
pasó en prisión, como Henry Hill (Ray Liotta), que también emplea como leit motiv de su vida igualmente
excesiva la frase “no hay nobleza alguna
en la pobreza” al finalizar ese
prodigioso fresco sobre la mafia que es Uno
de los nuestros, con la que tantos paralelismos comparte.
Como juego para proponer a quien se acerque estos días a El lobo de Wall Street, intente averiguar dónde
y cómo se hace un pequeño homenaje a la película de Tod Browning La parada de los monstruos, Freaks.
martes, 21 de enero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
Diamante para la eternidad
SOGA DE ARENA
(Rope of Sand) Paramount, 1949. The irresistible glamour of Africa
África. La pasión del cine
norteamericano por el continente negro ha sido y es eterna, y se renueva en las
diferentes generaciones y etapas cinematográficas. Con frecuencia el género que
más ha visitado los escenarios de la sabana, el desierto y los Grandes Lagos ha
sido el de aventuras, pero en acercamientos esporádicos también lo han hecho el
cine romántico, el drama épico, el bélico… y el cine negro. Con Rope
of Sand el espectador se encuentra ante una fascinante muestra de mestizaje
de géneros en la que predominan elementos noir
como la ambición, la mujer mentirosa y casquivana, el flashback, y el componente perdedor de buena parte de los
personajes que pueblan la trama. Algo parecido ocurría en títulos como Cuando muere el día (Sundown, 1941) de Henry Hathaway, Argel (Algiers, 1938) de John Cromwell y su nueva versión, Casbah (1948) de John Berry, aunque por
su equivalencia en escenarios desnudos y arenosos, y por su lectura también
amarga de la codicia humana, el más comparable sería Cinco tumbas a El Cairo (Five
Graves to Cairo, 1943) de Billy Wilder. Pese a todo, la mayor parte de los
especialistas coinciden en que nos hallamos frente a una suerte de peculiar
aproximación heterogénea a Casablanca
(1942) de Michael Curtiz, un Casablanca
negro y atípico, en el que también un grupo de personajes encerrados en una
ciudad exótica se despellejan para lograr un codiciado tesoro: los
salvoconductos en la obra de Curtiz, los diamantes en esta joya del desierto.
Realizada siete años después que la mítica producción Warner, en Soga de arena vuelven a trabajar el
productor Hal B. Wallis y tres de sus actores inolvidables: Claude Rains, Peter
Lorre y Paul Henreid, aunque a las similitudes evidentes de la producción
habría que contraponer las ostensibles diferencias de fondo. Aquí, al contrario
que en Casablanca, revolotea una mujer alrededor de todos los hombres con
afán interesado; aquí a diferencia de Casablanca
el protagonista no es un cínico que busca su futuro lejos del foco del
conflicto sino un vengativo excazador que vuelve al lugar del conflicto para
arreglar cuentas con el pasado; aquí a diferencia de Casablanca ese protagonista no se sacrificará quedándose y
renunciando a la mujer a la que ama.
La soga de arena a la que hace
referencia el título queda especificada por la voz en off que abre el relato: “Este
desierto en Africa, donde un árbol reseco alivia los paralelos del tiempo y del
espacio, rodea como una soga de arena una zona rica en diamantes. Una tierra donde, afectados por la monotonía y el calor, los hombres
olvidan las reglas de la civilización” ("This part of the desert of South
Africa, where only a parched camelthorn tree relieves the endless parallel of
time and space and sky, surrounds like a rope of sand the richest diamond
bearing area in the world, an uneasy land where men inflamed by the monotony
and the heat, sometimes forget the rules of civilization”) . Dieterle
dispone a sus antihéroes en torno a esa franja de arena cálida y pedregosa para
enfrentarlos unos contra otros y todos contra todos, con una violencia pocas
veces soterrada, personificada sobre todo en el comandante Vogel y en sus odios
y torturas hacia aquellos que osan cruzar la línea roja de sus dominios para
llegar a las montañas de diamantes. Mike Davis no le va a la zaga: su obsesión es recuperar
los diamantes que dejó abandonados en un remoto paraje, pero también cobrarse
venganza si puede ser masacrando a su antagonista Vogel para zanjar cuentas
pendientes del pasado. Ese pasado que tanto pesa en el cine negro y que
atraviesa la narración de Soga de arena,
junto al odio, la falta de escrúpulos, la avaricia y el engaño. Todos mienten a
todos, y en ese arte de la mentira el dominador es el director de la
compañía Martingale, un Claude Rains
majestuoso a la altura de su soberbia actuación en Encadenados (Notorious,
1946), capaz de colocar la bola negra en la votación para la admisión de su
patrocinado Vogel en el club Perseus de Ciudad del Cabo, de contratar a la
buscavidas Suzanne Renaud para que sonsaque a Davis sobre sus propósitos, o
incluso de engañar a sus dos interlocutores en una secuencia final plena de
suspense y de emoción.
Pese a ser una historia
ambientada en Sudáfrica, en esa ciudad-lanzadera que es Diamandstad, no abundan
los personajes de raza negra, Hollywood seguramente no estaba aun preparado en
1949 para semejante avance racial, pero los dos que aparecen son determinantes
para la acción: el fugitivo cazado en las dunas tras atravesar la Zona Prohibida , y
el asistente de Mike Davis que sufre la agresión del brutal comandante de
policía de la
Colonial Diamond Company, que domina y sojuzga a los
habitantes de la ciudad. Poder contemplar esta extraordinaria película del
Hollywood clásico sin salir de casa es un verdadero lujo, máxime si se tiene en
cuenta que ha sido uno de esos filmes malditos que ha costado años localizar,
como ocurría también con Sangre en las
manos (Kiss the Blood off My Hands, 1948) de Norman Foster , Hondo (1953) de John Farrow o Fugitivos
del terror rojo (Man on a Tightrope,
1953) de Elia Kazan. Ha sido casi imposible verla en nuestro país desde que el
16 de septiembre de 1975 se hizo su
último pase televisivo. Por eso es un
placer aún mayor tenerla ahora entre las manos.
Considerado
uno de los mayores talentos de la producción en el cine norteamericano de la
época dorada junto a Thalberg, Cohn, Wanger o Zanuck, Hal B. Wallis tiene un hueco
propio en el glosario de ese movimiento tan atípico y difuso que es el Cine
Negro, descubierto y bautizado por los franceses años después de iniciarse. Su
adscripción a la compañía de los hermanos Warner y la apuesta de ésta en los
años 30 por el drama criminal, generalmente con las biografías de gangsters, le
permitió insertar su nombre en títulos inolvidables de aquella década como Hampa dorada (Little Caesar, 1930) o Los
violentos años 20 (The Roaring
Twenties, 1939). Wallis, definido por la revista Life como “un pionero entre los independientes y un
prototipo de ellos”, no era un
productor cualquiera: solía meter la cuchara en todos los aspectos de la
realización de una película, especialmente en la elaboración de los guiones
para los que elegía cuidadosamente a sus empleados y a los arreglistas (eso
ocurre con Soga de arena: Walter
Doniger escribe el guión sobre su propia historia, y Wallis contrata a John
Paxton para reescribir los diálogos y darles fuerza). En 1942 abandonó la
compañía en la que había desarrollado toda su carrera como director de
producción y fundó Hal Wallis’ Productions, pactando con Paramount la
distribución de la mayor parte de sus obras, como en el caso que nos ocupa. El extraño amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers, 1946)
de Lewis Milestone, Al volver a la vida
(I Walkl Alone, 1948) de Byron Haskin
o Voces de muerte (Sorry, Wrong Number, 1948) de Anatole
Litvak contaron con un denominador
común: el actor Burt Lancaster, estrella en ciernes que protagoniza también Rope of Sand. El escritor Paxton no fue elegido al azar,
había escrito guiones como Historia de un
detective (Murder, my Sweet,
1945) y Encrucijada de odios (Crossfire, 1947) para Edward
Dmytryk, conocía por tanto el enfoque
progresista en los conflictos raciales y
el uso de la violencia como componente narrativa. Pero junto a Wallis,
el alma de la película analizada aquí es un curioso personaje de la sociedad
californiana que le acompañó durante décadas y con el que llegó a producir 63
films después de la salida de ambos de Warner: Joseph H. Hazen, abogado, cineasta, coleccionista
de arte y filántropo, con el que fundó la Wallis-Hazen Inc. cuyo primer
proyecto fue Soga de arena. Ambos dec idieron que las filmaciones de esta
árida y desértica película se realizaran, con las dificultades que eso
conllevaba, en el área polvorienta de Yuma, Arizona, escenario de aquella obra
recordada de Samuel Fuller con el mismo nombre en España. Trasladar al equipo
de producción a tantos miles de kilómetros de Hollywood supuso un coste y un
desgaste enormes, especialmente para la debutante en esta función, la joven actriz
Corinne Calvet, recordada por ser la
adolescente que guiaba a James Stewart por las montañas en Tierras Lejanas (The Far
Country, 1954) de Anthony Mann. Starlette francesa del “harén” de Hal Wallis
(1), Calvet fue en aquellos años conocida más por sus extravagancias y sus
pleitos que por sus capacidades dramáticas. Interpuso una demanda a la también
actriz Zsa Zsa Gabor por haber afirmado que no era francesa, y durante el
rodaje de ¡Vaya par de marinos! (Sailor Beware, 1952), con Jerry
Lewis y Dean Martin, cuando Wallis se atrevió a decir que llevaba pecho falso,
le puso inmediatamente la mano debajo de su vestido, delante de un incrédulo
Martin. En sus fascinantes y audaces memorias Has Corinne Been a Good Girl?:
The Intimate Memoirs of a French Actress in Hollywood (St Martins
Press, 1983), también cuenta que en su primera película con Martin y Lewis, My
Friend Irma Goes West (1950), el chimpancé Pierre se volvió sexualmente
loco porque la actriz tenía sus menstruaciones. Wallis y Hazen eligieron además
como jefe de fotografía a Charles B.
Lang, empleado de Paramount durante dos décadas, que usa brillantemente las
sombras de los interiores y la luminosidad asfixiante del desierto.
La
función tiene, con permiso de los anteriores,
dos grandes maestros de ceremonias: su estrella principal y su director.
Burton Stephen Lancaster (Nueva York, 1913- Los Angeles, 1994) tiene una de
esas biografías hollywoodienses que, sin llegar al nivel aventurero de un Raoul
Walsh o un George Raft, podría convertirse en argumento para una buena historia
en la pantalla. Fue gimnasta, acróbata circense junto a su inseparable Nick
Cravat, recorrió el país entero de circo en circo, sirvió para el ejército en
ultramar entreteniendo a las tropas con sus números, y fue actor de teatro en
la Gran Manzana. Hasta que otro gran productor, Mark Hellinger, le descubrió
para el Cine y le llevó a Hollywood para acompañar a Ava Gardner en Forajidos (The Killers,
1946) de Robert Siodmak. Pese a ser un
intérprete recordado sobre todo por sus actuaciones en el género de aventuras y
el western, en el noir exhibió un
gran registro dramático generalmente sobre personajes atormentados por el
pasado y castigados por el destino: Fuerza
bruta (Brute Force, 1947), El abrazo de la muerte (Criss Cross, 1949) y la mencionada Sangre en las manos . Su magnífico
físico y su capacidad para llenar la pantalla con una simpatía y un don de
gentes extraordinarios fueron la tarjeta de presentación de este mito del cine
norteamericano de todos los tiempos, que por cierto revisitó el desierto en
varias de sus apariciones en la pantalla: el Sahara en Diez
Valientes (Ten Tall Men, 1951) y
el de México en Los Profesionales (The Professionals, 1966). Lancaster consideraba
Soga de arena como una de las peores
películas en las que había participado, y en su biografía escrita por Kate
Buford (2) apenas se reservan para ella tres o cuatro líneas despectivas. Sólo pretendió participando en esta
maltratada película cumplir con la obligación contractual de protagonizar una
película anual para el tándem Wallis/Paramount.
Dieterle
es el tercer gran William del cine clásico norteamericano tras Wyler y Wellman.
Actor y director nacido en Alemania siete años antes del nacimiento del siglo
XX, su formación artísitica hundía raíces en el teatro de Max Reihardt (3), que
influyó de forma determinante en su estética y su forma de visualizar la
escena. Con el fin de interpretar las versiones alemanas de sus películas, la Warner le reclamó desde
EEUU donde llegó a ser un reconocido realizador especializado en biografías
apasionantes (Benito Juárez, Louis Pasteur, Emile Zola), adaptaciones de clásicos literarios y
películas aventureras. De todas ellas, El hombre que vendió su alma (The Devil and Daniel Webster, 1941)
realizada para RKO, es la más apasionante y aguda, aunque ni mucho menos la más
conocida o popular (Blockade, Esmeralda
la zíngara, Cartas a mi amada, Jennie, La senda de los elefantes, con la
que volvería a escenarios exóticos…). Bill Dieterle es un semi olvidado artista
al que sólo las nuevas generaciones de cinéfilos están redescubriendo a través
del DVD y de Internet.
Los
hallazgos visuales y de puesta en escena de Soga
de arena son constantes y elevan el nivel de un guión algo convencional en cuanto a historia y esquema
narrativo, pero brillante en los diálogos. La función se abre de forma
impactante y magistral: un cartel que avisa de peligro en mitad del desierto,
advierte de la multa de 500 dólares o un año de cárcel para todo aquel que
cruce el área de diamantes, y a continuación un gran travelling siguiendo a un fugitivo de raza negra perseguido por un vehículo
oruga militar. La voz en off que ha
narrado el peligro de adentrarse en la Zona Prohibida deja paso a un relato
lineal, sólo alterado en el tiempo durante un flashback en el que se
recuerda el origen del conflicto, cuando Mike Davis fue abandonado por el
hombre que le contrató en mitad de las dunas y al que luego salvó de una muerte
segura. Son secuencias las del desierto de un enorme impacto físico, sedientas
y asfixiantes como esa pelea nocturna de Davis y Vogel, con la arena del
desierto incrustada en los ojos de los dos hombres exhaustos en su lucha a
muerte. Las grandes extensiones desérticas
son el gran decorado natural del film, pero en decorados construidos en los
estudios Paramount de Melrose Avenue se sitúa el club Perseus, la casa colonial
de Vogel, la comisaría y los locales nocturnos donde tiene lugar buena parte de
la acción. En uno de ellos se inicia la
seducción de la araña al cazador, de Suzanne Renaud con vestido negro de
tirantes a Mike Davis con el traje banco
característico de los lugares húmedos y calurosos. Las sombras, el humo de los
cigarrillos, los ventiladores moviendo sus aspas en el techo… y la partida de
póker intercambiando planos generales con planos muy cortos de los naipes y de
las reacciones de los jugadores. Una construcción visual de muchos
quilates. En ese ambiente tiene su
ámbito de influencia el siempre escurridizo y taciturno Peter Lorre, la guinda
de este pastel, en un rol muy similar al de Joel Cairo en Casablanca. A él pertenece
la frase más significativa del guión en una de sus clarividentes conversaciones
con Mike: “Coge al diamante y, químicamente hablando, es el más duro de todos los
materiales, tan duro que todo lo que toca sufre: el vidrio, el acero, el alma
humana…”. Aunque las frases lapidarias de Martingale, ese gusano sin
escrúpulos que quiere los diamantes y la gloria, no le van a la zaga: “¿Por qué no aprendo que lo más peligroso de
una mujer amoral es su tremenda e impredecible reserva de honestos
sentimientos?” dice al descubrir que Suzanne se ha enamorado de Davis. Los
retoques de Paxton se notan en esas extraordinarias soflamas, y en la invención
del nombre real de la prostituta que amalgama a los personajes masculinos: a
mitad del relato se nos explica que no se llama Suzanne Renaud, sino
Anisenelette Duvingneaud, y además es bailarina. Un verdadero golpe bajo al
espectador… Toady se reserva, en la secuencia del desenlace en el puerto
equivalente al aeropuerto de Casablanca, la línea final del guión en
la que queda un resquicio incluso para valorar mejor a Martingale-Louis Renault:
“Qué cosa asombrosa el diamante. Carbón,
hollín químicamente hablando, y aún así el más duro de todos los materiales,
tan duro que todo lo que toca sufre: el vidrio, el acero, el alma humana…,
excepto claro, bajo circunstancias inusuales y en las manos correctas. Sí, una
cosa asombrosa”.
Sinopsis:
Diamantstad. Sudáfrica. Una serie de personajes buscan unos diamantes escondidos en algún lugar de la Zona Prohibida , un área de acceso restringido que supone para todo aquel que lo atraviesa la tortura ordenada por el siniestro e implacable jefe de policía Vogel. Mike Davis regresa al lugar dos años después de haber descubierto un yacimiento de diamantes en mitad del desierto en los terrenos de la compañía extractora. Su director, Martingale, contrata a una aventurera llamada Suzanne Renaud para que seduzca a Davis y consiga la información del lugar en el que se encuentra el filón. Las relaciones entre los cuatro se van complicando hasta el violento y mortal desenlace.
Notas:
(1)
El inicio de este famoso esclavismo que el productor aplicaba
sobre sus estrellas femeninas en ciernes era sencillo. Wallis prestaba dinero a sus jóvenes promesas para
que compraran casas en Hollywood y luego
les pedía a cambio cualquier cosa.
(2)
Buford, Kate. Burt Lancaster. An American Life (Da Capo Press, 2000)
(3)
Junto a Reinhardt
dirigió El sueño de una noche de verano
(A Midsummer Night’s Dream) en 1935,
tras convencer a la Warner
de que le dejaran poner en marcha un proyecto tan ambicioso (y fallido).
Copyright © Víctor Arribas
viernes, 27 de diciembre de 2013
El extraño viaje
La vida secreta de Walter Mitty
Estreno en cines el 25 de diciembre de 2013. Trailer en español. La vida secreta de Walter Mitty
Soñar despiertos. Una experiencia que todos, en especial los
aficionados a este arte tan maltratado que es el Cine, hemos tenido alguna vez
y no sólo cuando éramos niños. La sala
de proyección es sólo un pretexto: soñamos en voz alta en la ducha, al volante,
mientras pasamos la aspiradora o hacemos la compra. Soñamos para evadirnos,
como le ocurría a aquel hombrecillo que cobraba vida en el cuento de James
Thurber The Secret Life of Walter Mitty, publicado en The New Yorker el 18 de marzo de 1939,
que fue un enorme éxito de ventas y teletransportó a miles de norteamericanos
hacia un mundo de sueños que servían para escapar de la cruda realidad del día
a día de aquellos años bélicos y convulsos.
No tardó el Cine en hincarle el
diente a la historia, y lo hizo apenas ocho años después en una versión de RKO protagonizada por Danny Kaye y
Virginia Mayo, con Boris Karloff y Ann Rutherford en papeles secundarios, que
rompió las taquillas y confirmó el tirón comercial de la aventura del pobre
Walter Mitty, el editor de novelas de bolsillo que aprovechaba los cuarenta
segundos del semáforo en rojo para convertirse en piloto, médico, caballero con
armadura o lo que su mente volátil e inabarcable pudiera disponer. A aquel
Walter de los 40 le pasaba lo mismo que al que ahora llega a las pantallas
convertido en Ben Stiller: que pasa de la ensoñación y el riesgo imaginados a vivir la aventura en
sus carnes tras una toma de conciencia poco o mal explicada, y tras romper la
barrera de lo real y lo fantástico de forma que, ya adelanto, me parece que el
espectador no llega a descifrar.
El contexto en que se nos sitúa al personaje de esta fábula
es la mítica revista Life, que acaba
de ser adquirida por un gigante de la Red y va a dejar de editarse en soporte
de papel. Stiller y su guionista Steve
Conrad no hacen un remake del Walter Mitty de Samuel Goldwyn y Norman Z.
McLeod, sino que convierten el cuento en una oda a la prensa escrita que
desaparece ante el nacimiento de una nueva era de publicaciones on-line. Es una
película hija de su tiempo, emocionada ante el mundo al que rinde tributo, más
que una nueva lectura del original literario o de la primera versión
cinematográfica. Hasta cierto punto, tenía derecho a buscar otro enfoque el
hijo de Goldwyn, Sam jr., que llevaba desde 1990 intentando levantar este
proyecto contra viento y marea y que ha recuperado la historia que su padre
trasladó al Cine sorteando los pleitos del autor que nunca habló bien de la
versión cinematográfica de 1947. Nos atrevemos a aventurar que, si vera ésta,
se volvería a la tumba con el susto en el cuerpo.
En su nacimiento, en enero de 1883 con una primera sede en
el 1155 de Broadway, Life fue una
publicación satírica basada en un lema que jugaba con las palabras y las
apariencias: “Mientras hay vida (Life),
hay esperanza”. Ha pasado de ser un semanal, a publicación mensual y ser
insertada en diarios como suplemento dominical, pero su cabecera y su historia
periodística de primera magnitud convierten a Life en un referente de primer orden para todo el que quiera
fabular, o hacer elegía, con el periodismo tradicional y romántico de los
soportes en papel, al borde de un colapso que nadie quiere pero todos vemos inevitable. En este homenaje que La vida secreta de Walter Mitty
hace al papel como soporte inmortal del periodismo, el lema de la revista muta
hacia una defensa de la aventura y lo aventurero, lo cual sin duda debió llamar
la atención de directores como Ron Howard o Steven Spielberg que han rondado
por este proyecto durante 20 años, y de Jim Carrey y Sacha Baron Cohen que han
flirteado con el personaje en las diferentes fases de su proceso de
gestación. El Mitty de Stiller es un documentalista
encargado del archivo de negativos y el de Kaye era editor de novelas de
bolsillo, un terreno mucho más propicio a inventar historias y mucho menos
mecánico que el que le confiere esta versión tan bien envuelta como vacía en su
contenido. Mitty emprende un extraño viaje por Groenlandia, Islandia,
Afganistán, que debería ser uno de sus sueños pero con el que se nos hace creer
que todo ocurre en realidad después de haberse mostrado con alarde de efectos
especiales los brotes de desenfrenada imaginación del protagonista. ¿Realismo o
fantasía? Buscarle la lógica al relato resulta banal, pero el barniz
naturalista que intenta imprimir Stiller a la tragedia del colectivo que ve
morir su oficio no se compadece con esa falta de verosimilitud que tiene el
relato narrado desde la fina frontera de lo verídico y lo irreal. Cheryl
(Kristen Wiig) le cambia la vida al hacerle sentir el compromiso de vivir las
aventuras que sueña para recuperar un negativo que presuntamente se ha
extraviado, un McGuffin que permite entrar en la narración al verdadero
personaje aventurero, al que sí sueña realmente lo que vive, al fotógrafo Sean
O’Connell que no tiene hogar fijo, ni teléfono móvil, ni se sabe nunca en qué
latitud del mundo se encontrará plasmando con su cámara la irrealidad del
planeta. Junto a la aparición entrañable ...
... y magnífica de Shirley MacLaine como
la madre dependiente de Mitty, la aportación de Penn es lo mejor de esta
comedia vitalista tan confusa como confundida. (sumemos en ese capítulo de
amplios cameos al Benjamin Button de Scott Fitzgerald, en un gran momento de la
película).
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jueves, 12 de diciembre de 2013
Un londinense en el Deep South
Doce años de
esclavitud
Estreno en cines el 13 de diciembre de 2013. Trailer Doce años de esclavitud
Pocos meses después del acercamiento tangencial (como todo
lo que hace) de Tarantino a la época de la esclavitud en el Sur de estados
Unidos (Django desencadenado, 2013), se estrena la película cuyos
responsables quieren que sea definitiva, la última palabra en el tratamiento
cinematográfico de aquellos años de
indignidad para la especie humana. Será por miedo escénico, será porque aún no existe
la perspectiva suficiente para tratarlo, o por motivos puramente industriales,
pero el Cine no ha volcado en sus primeros 118 años de vida su mirada de forma permanente
hacia la utilización de seres humanos como mano de obra explotada y al servicio
de señoritos burgueses racistas y depravados, en la mayoría de los casos. Quien mejor denunció el maltrato y las
vehaciones sufridas por los esclavos negros en el sur de Norteamérica ha sido
un director clásico, Richard Fleischer, en la hasta hoy no superada Mandingo
(1975).
Y quien ahora lo hace es un joven londinense, británico, residente
en Amsterdam y de ascendencia caribeña, con barniz autodeclarado de cineasta
independiente en sus dos anteriores experiencias tras la cámara: Hunger
(2008) y Shame (2011), un
sorprendente “exitazo” que en la calle pocos conocen en realidad. 12 años de esclavitud es su primera
película norteamericana, y por mucho que lo intente no va a poder convencernos
de que ha pretendido hacer una película para públicos minoritarios y, ¡zas!, de
repente ha llegado un blockbuster. Steve
McQueen (nació en 1969 mientras en la capital inglesa se estrenaba Bullit)
no puede negar las pretensiones de su obra. Sí reconoce en cambio que ha querido hacer El diario de Ana Frank
en estados Unidos, un relato en primera persona
de una época ignominiosa que debe avergonzarnos a todos como lo hace la
historia de la joven judía encerrada en
un sótano de Amsterdam durante la ocupación nazi. Sí denuncia la esclavitud, aunque
pueda parecer que un londinense no debería ser el mejor conocedor de ese drama histórico
que tantas muertes y humillaciones provocó. Y solo por eso es valiosa, aunque
en seguida maticemos ese valor.
De momento, sus pretensiones de
película definitiva se plasman en nominaciones a los Globos de Oro, siete. Los
Oscar ® vendrán después y ya pueden hacer apuestas sobre la cantidad de tíos de
Margaret Herrick se va a llegar esta producción melodramática. Está basada, con
bastante realismo, en el libro autobiográfico de Solomon Northup, vecino de Saratoga Springs (Nueva York), ciudadano
libre de raza negra, padre de familia con mujer y dos hijos, carpintero y violinista,
que fue secuestrado por traficantes de esclavos en 1841, separado de su familia
a la fuerza y conducido al sur donde fue vendido a uno de los dueños de plantaciones
de algodón en Luisiana. Solo en 1853,
doce años después, logró recuperar la
libertad y murió 4 años después en circunstancias no aclaradas.
Otra novela, La
cabaña del Tío Tom, la eclipsó y vendió muchos más ejemplares pese a
que 12 Years a Slave se basa en hechor reales y no de ficción). Un actor que
será grande, tanto como Morgan Freeman o Sidney Poitier, de nombre muy sinuoso (Chiwetel Ejiofor) da una lección de mesura y agonía en su trabajo como el
esclavo al que compran sucesivamente William
Ford (Benedict Cumberbach) y Edwin Epps (actor fetiche de McQueen, Michael
Fassbender). En una película bastante coral, sobresalen las interpretaciones
brillantes (aunque en un plano artístico siempre agradecido por todos los que
lo han probado, el límite humano ante el sufrimiento), como la de Lupita Nyong’o,
una esclava sexual Patsey a la que Epps domina, viola y destruye a golpes.
Apariciones episódicas de Paul Giamatti y Brad Pitt (el carpintero civilizado Bass)
dan brillo a ese reparto de enorme talento.
Pitt es ademas productor, y su personaje pone ante el espejo un mundo
que se derrumba y desaparece, y es el contraste del terrateniente Ford que pone
reparos a la separación de una madre de sus dos hijos al comprar a sus
esclavos, pero cede a las exigencias del traficante vendedor sin rebelarse ante
la inhumanidad de tal comercio.
La puesta en imágenes de McQueen lineal
y clásica, con saltos temporales fugaces
en la primera mitad del relato, que lo hacen algo más abstracto pero dentro de
un tono de realismo exacerbado. Se recrea en las torturas de los blancos dueños
de plantaciones, y en las reacciones de los negros ante las injusticias de esos
malos tratos en época de esclavitud. La capacidad de sufrimiento físico del
cuerpo humano y el ansia de liberación del alma son puestas en un mismo plano. Solomon
no trata de escapar, sólo de hacer llegar a la estafeta postal una carta que
pudiera ser enviada a Nueva York para probar su condición de hombre libre, y fabrica
una pluma de madera con la rama de un árbol y la tinta con el líquido oscuro
que deja en su plato de barro la fruta de la zarzamora. El realizador británico
construye un drama sólido y extraordinariamente bien narrado, con momentos de
gran sobrecogimiento (el plano eterno del sufrimiento físico de Solomon colgado del árbol con las puntas de los dedos
de los pies tocando el suelo para no morir asfixiado por la soga alrededor de
su cuello) y de esperanza (en otro plano
sostenido en el tiempo, Solomon intuye que su salvación está muy cerca y
mentalmente recorre sus doce años como esclavo). Pero cae en lo lacrimógeno en
una secuencia final de reencuentro que no está ni bien planificada ni bien
narrada, lo que deja un mal sabor de boca pese al notable conjunto final.
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